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Pongamos que hablo de Ababuj

Javier Hernández

Un mediodía de este cambiante invierno en el que hay que enfatizar su marchamo benigno en la orilla del mediterráneo, el parque y una mesa que permite el distanciamiento social por la pandemia. Enriqueta tiene 87 años cumplidos en diciembre, un día de Nochebuena vino al mundo en Ababuj, una vez acabada la guerra y con ocho años, su familia se trasladó a Valencia; desde entonces no ha vuelto al pueblo.

Las manos de Enriqueta son pequeñas, sus ojos tostados adquieren ese tono sombra, un tono evocador con el que mi pensamiento se traslada al parque del Chopo Cabecero; podría pensarse que ese lugar es ajeno a quien lo dejó por las tristes vicisitudes del momento con tan solo ocho años, pero hay cosas que se llevan en el código de vida, a veces nos quedamos con los giros del lenguaje como vestigio primordial, pero profundizando aparecen pinceladas que recuerdan que el sitio no es algo que ha de-sembocado en lo extraño por el paso de los años y por la obligada distancia, esa que cuando de la provincia de Teruel se trata, sigue congelada en muchos aspectos. 

Hablamos de chopos y de paisajes, apenas hay recuerdos, pero presente está la Cuenca del Collado, el macizo de la Umbría o el río seco. Enriqueta hace un silencio y afloran recuerdos de las fiestas de julio, de su madre y la abuela Gervasia almidonando las puntillas de su vestido de fiesta, de cómo la misa en honor de Santiago era día grande, ese día también coincidía con el cumpleaños de su amiga Simona, con la que quemaba azúcar en la plancha de la chimenea y se hacían caramelos. Sonríe, mueve la boca, y me doy cuenta que recuerda a la perfección ese sabor dulce. Sopla un ligero viento de Levante, me cuenta cómo ya en Valencia nació su hermano Alfonso, y cómo Enriqueta le contaba cosas del pueblo, cómo se inventaba cuentos para su mañico en el dulce momento de irse a dormir creando complicidad entre los dos hermanos.

Sabe Enriqueta perfectamente que en el siglo XIII su pueblo se llamaba Fabbatux, luego en el XIV Ababuix, y en el XVI Fabaux y que el nombre actual es del siglo XVIII. Enriqueta suelta una carcajada, de todos Ababuj es el más bonito y con el abecedario nadie nos puede quitar el primer lugar, aunque desde que los gallegos llaman a los pueblos en su lengua ya no somos los primeros, pero en Aragón sí. Paseamos por el parque de Marxalenes; hay un hombre sentado con su garrote y la radio, suena Joaquín Sabina; Enriqueta lo reconoce; me sorprendo, me mira y me dice que le gusta la canción que le dedicó a Madrid; bromeo y le cambio el titulo, pongamos que hablo de Ababuj, y cambiamos las estrofras… Allá donde se estrechan los caminos, donde El Pobo queda justo atrás, donde el cierzo es amigo o enemigo, pongamos que hablo de Ababuj.

Es de esos ratos divertidos, con la sencillez de un parque, un mediodía de invierno y la distancia de seguridad, que permite que afloren sonrisas y sentimientos. ¿Quién es el alcalde? Tiro de móvil e internet porque no lo sé, le doy el dato rápido, Alfonso López Pastor, antes de que me haga la pregunta me adelanto -es de Ciudadanos-; esos son los naranjas replica, y afirmo con la cabeza que sí; no lo conozco; le digo que yo tampoco, pero me demuestra que está al corriente de cosas del pueblo, le han contado que un tal Óscar Alcaine Izquierdo ha creado una empresa de impresión digital en su municipio, me mira con la distancia de seguridad y me espeta: si le sale bien, habría que cambiarle el nombre a la plaza, porque hay que ser valiente para montar algo con la que está cayendo y en un pueblo tan ruin; toda la razón; le digo que recogeremos firmas. Y se echa a reír.

El viento de Levante trae algunas nubes pero la temperatura no se altera, sigue siendo agradable. Me habla Enriqueta de la Torre vieja, de juegos y complicidades con Simona, de cómo a los zagales no les dejaban jugar porque decían que la torre era su castillo; me confiesa que en ocasiones la ve en sueños, y que muchas de las historias que le contaba a su hermano cuando era niño transcurren en esa torre; los ojos se tornan vidriosos, me cuenta que su abuelo murió en Castelfrío, se despeño con un carro y que desde entonces no volvió a ver la sonrisa de su abuela Gervasia. En Castelfrío había duendes y hadas me dice, y yo la creo. Enriqueta no ha perdido la imaginación, atrás quedan los años de trabajo en una fábrica de lámparas en Torrefiel, nunca se casó “ni falta” sostiene; me confiesa que le gusta la orxata y de los cantantes Joaquín Sabina; también me confiesa que vota a Garzón porque ella es de Izquierda Unida, pero el de la coleta no me gusta. Sigo animándola con la canción que estamos escribiendo y ponemos la última estrofa… Cuando las estrellas acaricien el verano y el sitio en que nací se haga trasluz, por la Torre vieja pasaré mi mano. Pongamos que hablo de Ababuj.