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Artículo que le dedicó El Mañana

El feminismo rural de Melchora Herrero

Serafín Aldecoa

Lo de Melchora Herrero Ayora fue un descubrimiento. Nos quedamos sorprendidos por la trayectoria de esta mujer cuyo feminismo lo incluimos dentro del ámbito conservador, que también es feminismo, y más hace un siglo cuando esta mujer publicaba unos cuantos libros como "Higiene doméstica, puericultura y educación para las escuelas y el hogar".  Topar con una mujer escritora, culta,  publicista -y turolense a la vez- cuya vida transcurre a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, fue una suerte pero somos conscientes de que su obra y sus actividades profesionales y culturales deberían ser objeto de un estudio más detenido y profundo. 

Hoy nos fijaremos en la descripción que realiza de la vida social de las mujeres en el mundo rural de "su Villarluengo industrial" a través de una serie de artículos publicados en prensa bajo el epígrafe En mi patria chica, especialmente referidos a la época estival que era cuando ella pasaba las vacaciones en su pueblo natal compartiendo la vida cotidiana con el paisanaje del lugar, para regresar posteriormente a Madrid, que era dónde residía habitualmente y dónde impartía clases como profesora preocupada de elevar el nivel cultural de sus alumnas/ mujeres que les conduciría a tener una mayor autonomía personal.

 Lógicamente la visión del mundo rural de Villarluengo, como el de otros pueblos de nuestra provincia, que contemplaba Melchora desde su atalaya intelectual y su análisis posterior, evidenciaba la existencia de una sociedad clasista y sexista en la que los roles de mujer y hombre estaban claramente marcados, saliendo siempre perjudicada la mujer a la hora del reparto de tareas diríamos que "domésticas". 

Melchora habla primeramente de las vísperas de las fiestas de hace casi cien años, pues es en 1922 cuando ubica cronológicamente su relato con ciertos tintes etnográficos, momento en el que todos los campesinos se apresuran en acabar las cosecha para disponer de trigo, avena, cebada... en los graneros,  mientras que entre las tareas de las mujeres están "las de procurar provisiones para las fiestas que requerían su tiempo: pollos, gallinas, conejos corderos o recentales (corderos que no han mamado todavía) iban a ser las víctimas propiciatorias además de los dos toros que se tienen elegidos en las masadas para las corridas... No hay fiestas sin sacrificios. ¡Oh ironía de las costumbres!". Eran las mujeres las encargadas de llevar a cabo el sacrificio y posterior despiece de los animales domésticos necesarios para el condumio durante los festejos. 

Además, aparte de elaborar el pan de cada día, "las dueñas de la casa se afanan en llenar la despensa con la repostería entre mostachones, pasteles, bizcochos, pastas, rosquillas, magdalenas, enrejadillos, mantecados, pan dormido, tortitas y demás golosinas que saben hacer las hacendosas mujeres de esta tierra hasta las tantas de la noche...". ¡Vaya variedad de productos y menudo esfuerzo y trabajo que derrochaban! 

Melchora se apiada de ellas denunciando las numerosas tareas que llevaban a cabo: "Unas van a por agua a la fuente, otras a lavar al lejano río... ¡Pobres mujeres! Las veréis estos días que friegan todos los maderajes de las camas, mesas, puertas, ventanas, escaleras y sillas que constituyen el moblaje de sus hogares. Ellas mismas han blanqueado las paredes desinfectando las paredes con lechadas de cal, han hecho la colada y tienen la ropa limpia colocada en arcas o armarios...".

Consecuentemente, nuestra autora critica a los varones que obligan a trabajar a las mujeres en el campo: "Los hombres ya están acostumbrados a ver  a la mártires y esforzadas y no les ayudan apenas. Al contrario, escasea tanto el personal y los procedimientos son tan primitivos para el trabajo, que algunos reclaman su trabajo llamándolas a barrer las eras, para aventar las parvas y las hacen ir y venir al campo acarreando fajos en caballerías subiendo y bajando cuestas."

Llama la atención de Melchora el hecho que califica como "lamentable" de que haya jóvenes que no acudan a la consulta médica con la frecuencia necesaria: "No faltan algunas, sobre todo las que pertenecen a las clases más humildes del pueblo, que en plena juventud, cuando no más tarde enferman y se abandonan "a lo que Dios quiera" sin poner remedio a sus dolencias, porque usan del médico lo menos posible cuando no carecen de él".

Otro punto que critica tiene que ver con la diferente imagen exterior que presentan de las mujeres de distinta clase social: "No pueden emanciparse de aquel genero de vida que las esclaviza en demasía y corren su calvario, pálidas, arrugadas, amarillentas, envejecidas prematuramente, contrastando con los rostros juveniles nacarados y rosa de las lindas hijas de las familias que no se han visto precisadas a marchitar su belleza en trabajos excesivos o apremiantes del trabajo o de la fábrica."

En este sentido, habla de las mujeres que compaginan el trabajo doméstico con el que realizan en las fábricas de hilados y tejidos que explotaba Miguel Artola en las orillas del Guadalope, e incluso de las que se van a Barcelona "ávidas de libertad" huyendo de la vida tan dura y sacrificada que sobrellevan en el pueblo.