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Las leyendas del tándem Andrés-Gisbert

Medievalismo en el cambio de siglo

Serafín Aldecoa

En el año 2008 se celebró un congreso en Teruel bajo el título "Visitando la Edad Media. Representaciones del Medievo en la España del siglo XIX" en el que varios especialistas hablaban, entre otras cosas, de la intensa presencia de "lo medieval" en las artes y en las letras turolenses en estas últimas décadas decimonónicas que en la capital habría que alargarlas hasta finales de la primera década del siglo XX, por lo menos.

Ahí está, por ejemplo, la iglesia de El Salvador del barrio de Villaspesa, construida por el arquitecto catalán Pablo Monguió entre 1910 y 1912 con la financiación de la benefactora Alejandra Torán Garzarán que aportó 25.000 pesetas de las de entonces. Aunque podemos calificar como ecléctico el estilo arquitectónico de la fachada, las trazas neogóticas son patentes en el atrio con los tres arcos apuntados (ojivales) de la entrada y otro de mayor tamaño en el segundo cuerpo, así como en los muros laterales.  

En una de las ponencias del citado congreso, Ignacio Peiró escribía sobre los que él llamaba "medievalistas turolenses", entre los que incluía a algunos integrantes del grupo de eruditos que editaron el Boletín de Geografía e Historia del Bajo Aragón como Matías Pallarés, Santiago Vidiella o Pérez Temprado, pero también incluye una una relación de intelectuales vinculados a la capital sobre los que hemos escrito en varias ocasiones como Federico Andrés, Gascón y Guimbao o Salvador Gisbert Gimeno.

Pues bien, estos y otros autores marcan una época de florecimiento de las artes y la cultura turolenses incluso antes de la llegada del Pablo Monguió en 1898 cuando otro arquitecto, Carlos Carbó, construye  el colegio del Sagrado Corazón de Jesús,  considerado por algunos como el mejor ejemplo de arquitectura neogótica en la ciudad, de tal manera que el 4 de junio de 1899 con la presencia de sor Francisca Garzarán, la donante de los fondos para la construcción, se inauguraba la obra, hecho que servía, sin duda, para enriquecer el patrimonio arquitectónico de la ciudad dotándola de un inmueble de considerable valor artístico.

Pero el impulsor principal del arte en Teruel, que se proyectó en la restauración y reinterpretación de la iglesia y del claustro de San Pedro, fue el obispo llegado a la diócesis de Teruel en noviembre de 1896  Juan Comes Vidal, que había nacido en Manresa y que en esos momentos procedía del obispado de Menorca donde ya había dado muestras de su preocupación por el patrimonio artístico.

En el claustro se introdujeron una serie de reformas como la elevación de su altura rebajando la profundidad del suelo, pero lo más que llamó la atención fue la apertura de tres ventanales de indudable sabor neogótico con sus arcos apuntados y poli lobulados. Ahora bien, fue en la iglesia donde se produjo una transformación total porque aparte de las obras precisas para recuperar las características góticas anteriores, Salvador Gisbert se dedicó a decorar por completo, con un trasfondo de "horror vacui” (miedo al vacío), integrado por un refrito de elementos neobizantinos, neogóticos, heráldicos... Son cientos de m2 de paredes, nervios, bóvedas, enjutas… recargado con un revival de colores: rojos, azules, dorados, tostados…

Dentro de esta acción recuperadora del arte turolense, destacaremos la restauración de la iglesia de San Francisco y la reconstrucción del convento dado su mal estado desde la la desamortización de Mendizábal. Aquí hay que mencionar a otra benefactora, Ricarda Gonzalo de Liria que financió las obras y el regreso de los Franciscanos a Teruel en 1902.

Medievalismo está presente también en la literatura por Federico Andrés que publicó una historia de la literatura turolenses en "su" Heraldo de Teruel pero, sobre todo, porque junto a Salvador Gisbert, mostraron un interés especial por la búsqueda y recopilación de tradiciones antiguas de Teruel, algunas de temática medieval, que hasta entonces se transmitían de forma oral. Podemos considerar que ésta es una de sus aportaciones más importantes y originales de su producción puesto que, posteriormente, estos relatos o leyendas se han  repetido en diversas publicaciones y han cuajado entre las gentes de Teruel. Ahí están “El puente de Doña Elvira”, “El Portal de la Traición”, “El Cristo del Salvador”, “La cruz del peirón”…, todas ellas publicadas en 1901 en la imprenta de Dionisio Zarzoso bajo el nombre de "Leyendas y Tradiciones Turolenses", que bien merecería una reedición en la actualidad y que perfectamente podía ir dirigida para escolares. 

Este tándem colaborador también se mantuvo en la publicación de la obra "Historia de los Amantes de Teruel" en la que Gisbert realizaría las ilustraciones mientras que Andrés, uno de los mayores defensores de la historicidad de la leyenda del siglo XIII, se ocuparía de los textos. La ilustración de la portada es un dechado de medievalismo con sus tipografía gótica, el escudo de armas de la ciudad, el ventanal ojival...

Dentro de esta nómina de medievalistas, que podríamos ampliar, cabe mencionar, por último, a un valenciano vinculado con Teruel pues su madre habría nacido en la capital: José Mª Manuel Cortina Pérez. Este arquitecto trabajó fundamentalmente en Valencia y en menor medida en Teruel donde plasmó algunos proyectos pero cuya obra fundamental fue la remodelación de la ermita del Carmen para la familia Garzarán dentro de un estilo ecléctico con decoración cerámica pero introduciendo elementos neogóticos como las arquivoltas ojivales que enmarcan todo el interior.