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Víctimas y heroínas en las guerras carlistas (I) Víctimas y heroínas en las guerras carlistas (I)
Fusilamiento de la madre de Cabrera

Víctimas y heroínas en las guerras carlistas (I)

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Serafín Aldecoa

En nuestra entrega de la semana pasada traíamos a colación el caso de las 26 mujeres de Sarrión víctimas del sometimiento a consejos de guerra sumarísimos por parte de los tribunales militares establecidos por el Franquismo tras la Guerra Civil. Ellas no intervinieron directamente en los enfrentamientos armados, pero les llegaron las secuelas que se tradujeron en esos juicios parciales e ilegales que las llevaron a la detención y posteriormente a la cárcel.

Las guerras, a lo largo de los siglos, han sido cosa de hombres, organizadas por los poderosos pero participadas por soldados de dos o más bandos que luchaban entre sí, pero las consecuencias de sus combates también las sufrió la población civil como los ancianos y los niños, pero especialmente las mujeres que padecieron todo tipo de agresiones como violaciones, torturas, rapadura del pelo...

Pues bien, hoy nos detendremos en otra víctima de la guerra, que en este caso era una  mujer de cierta notoriedad como fue el caso de Ana Mª Rosa Francisca Griñó Diñé, la madre de Ramón Cabrera, el jefe del ejército carlista en el territorio del Maestrazgo con residencia temporal en Cantavieja en las primeras décadas del siglo XIX.

Tras el fallecimiento del rey Fernando VII en 1833, al no tener descendencia masculina y tras derogar la Ley Sálica por la cual las mujeres no podían ocupar el trono, fue coronada como reina de España su hija Isabel II, hecho que supuso el rechazo frontal del infante Carlos, el hermano del rey, que no aceptaba tal decisión pues se consideraba con derecho a la Corona lo que dio lugar a la primera guerra “civil”, luego llamada carlista.
 

Retrato de Cabrera


Posteriormente vinieron otras dos aunque hay historiadores que apuntan que las guerras carlistas, con diferente intensidad, perduraron a lo largo de todo el siglo XIX, especialmente en la provincia de Teruel por cuyas tierras pulularon las partidas de carlistones atacando a pueblos indefensos si no atendían sus demandas de alojamiento y manutención, sobre todo.

Pero no solo eso, los descendientes continuaron manteniendo su reivindicación sucesoria al trono siguiendo una línea de descendencia hasta llegar a Carlos VII de Borbón Austria (1848-1909) que casó con una parienta lejana, Margarita de Borbón Parma, que gozó de considerable prestigio entre sus adictos, de ahí que a las mujeres carlistas que trabajaban en diferentes ámbitos se les empezase a llamar “margaritas”, mientras que los chicos jóvenes recibieron el nombre los pelayos.

Isabel II

Frente a ellos se encontraban los partidarios de la reina Isabel II, los liberales (isabelinos o cristinos), aquellas tropas del Gobierno, que al mando del general Nogueras y con la anuencia del capitán general de Cataluña, fusilaron en Tortosa a Ana Mª Griñó, de 56 años, una edad ya avanzada para la época, el 16 de febrero de 1836, a la que previamente habían encarcelado durante año y medio. Este hecho tan execrable tuvo repercusión incluso internacional ya que los parlamentos de Inglaterra y Francia condenaron la ejecución.

A ella, a Ana Mª Griñó, no le podemos atribuir un papel como “margarita”, esto es, como una mujer que desempeñase en esos momentos una actividad militar o cívica dentro de las fuerzas carlistas en los años iniciales de la primera guerra (1833-1840), sino que simplemente era “madre de”, con eso bastaba para ejercer sobre ella la violencia suprema. Se trataba de una modalidad de represión que se emplearía cien años más tarde durante la Guerra Civil, cuando se ejecutó y se encarceló a muchas mujeres por ser “hermana de”, “mujer de”...  Fue un acto de crueldad máxima que influyó decisivamente para que estas guerras, ya de por sí fratricidas, aumentasen la violencia  a lo largo de su desarrollo en el siglo XIX .
 

Ana María Griñó


La excusa o la razón del fusilamiento era la venganza contra Cabrera porque este había ejecutado anteriormente a dos alcaldes de ideología liberal de las localidades de Torrecilla de Alcañiz y de Valdealgorfa que no habían obedecido las órdenes de los carlistas, hecho este que solía ser bastante habitual,  pues las partidas de facciosos (así solían ser designados por los militares liberales) se presentaban en los pueblos exigiendo todo tipo de exacciones (alimentación, alojamiento, dinero...) lo que daba lugar a enfrentamientos con la población civil y con los ayuntamientos.

Cabrera quiso que sus tropas fueran reconocidas como un verdadero ejército, que luchaba por la causa de un rey legítimo. Se sintió, por tanto, investido de todo el derecho para aplicar la autoridad que emanaba de su rey y para hacerla cumplir en lo que dependiera de él. Por esta razón sentía que  podía administrar la justicia y fusilar a los dos alcaldes, sin seguir ningún proceso judicial previo.

Agraviado

El jefe carlista se sintió profundamente agraviado por la muerte de su madre, así que  tomó venganza de inmediato al fusilar a cuatro mujeres vinculadas a los liberales que retenía en su poder como rehenes. Una de ellas era esposa de un coronel. Otra era Cintia Fox, de 18 años a la que se rumoreaba que Cabrera le había propuesto matrimonio. Sea como fuere, lo cierto es que, de nuevo, las mujeres volvían a sufrir la violencia patriarcal de la guerra sin haber participado en ningún enfrentamiento bélico.

Como decíamos, a partir de la muerte de Ana M.ª Griñó, la guerra entró en una nueva fase implacable y cruel, en un encadenamiento de violencia en la que ninguna consideración cabía con el enemigo, siendo ésta la tónica por ambos bandos.

Frente a estas mujeres víctimas, el Gobierno liberal buscó la exaltación de otras que hicieron frente a los carlistas en incluso participaron directamente con las armas en los enfrentamientos militares entre los dos bandos. Fueron las consideradas como mujeres heroínas por los triunfadores en estas guerras duras y amargas.