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Raquel Fuertes

Pasados los años, los recuerdos de los veranos entre los, pongamos, 15 y los 25 se entremezclan. Algunos momento se guardan como diferentes e importantes en esa caja que vamos abriendo según nuestras necesidades emocionales, pero la gran mayoría se archivan desordenados en la carpeta “Juventud” (creo que el rango de edad se ha ampliado mucho desde que algunos hicimos nuestra carpeta) y se convierten en una amalgama de grandes, pequeños, amargos y dulces recuerdos a los que no asignamos edad ni fecha concretas.

Sin embargo, mientras esos años pasan, cada verano es único y, pensamos, irrenunciable. Recordamos puntualmente qué pasó en qué verbena, quién se cayó al río, el amor imposible que al siguiente verano fue posible… Casi un diario mental. 

Al límite. Experimentar como si no hubiera un mañana. Solo importa el presente y el futuro es el mantra de esos seres agrios y aburridos que suelen coincidir con los padres, esos que solo ponen reglas, límites y mala cara. Y que no entienden nada. 

Seamos sinceros: alguna vez fuimos así… y algo de aquello (espero) queda en nosotros. Así que hoy, cuando vemos a los jóvenes de, pongamos, 17 con actitudes claramente irresponsables, antes de poner el grito en el cielo, hemos de intentar rescatar nuestro yo de 17 veranos y pensar cómo hubiéramos actuado en este momento. De hecho, a algunos siempre parece que les (¿nos?) falta un verano. 

En realidad, estamos tan perdidos ante esta maldita peste como ellos. Pero tenemos más miedo (y algo más de conocimiento, de acuerdo) y ya hemos comprendido que, haciendo las cosas como toca, renunciar a un verano no significa apenas nada en una vida. 

Ellos, al igual que todos, están viviendo una situación insólita y están reaccionando de forma impulsiva. Salir del confinamiento fue como salir del toril aturdido y lleno de energía y ahora es labor de todos intentar que asimilen que habrá más veranos, que salir de forma prudente y usar mascarilla siempre puede ser la diferencia que marque quiénes estarán el siguiente verano. Mientras, intentemos no criminalizarlos, deporte de moda entre eméritos y cajas b, y busquemos lo que hace falta para salir de esta: soluciones. Porque el problema es grande y tiene más caras. Y más responsables.