Síguenos
Raquel Fuertes

No tenemos remedio. Toda la vida despotricando de las comidas y cenas de Navidad (caldo de cultivo de inquinas y lugar de exhibición máxima de la quintaesencia del cuñao) y por un año que se pueden convalidar sin causar disgusto en la familia política, nos amargamos y buscamos las mil vueltas para, haciendo la trampa, saltarnos el límite estatal de cena para seis.

A falta de ver cómo evolucione la expansión de la enfermedad y de lo que cada autonomía finalmente decrete, llevamos un par de días de lo que lo que más se oye hablar (¿será trending topic?) es de cómo organizarse en los días familiares (en su más amplia acepción) por excelencia. “¿Me dejo un niño y cojo dos?”, “Que el abuelo no venga que cogerá frío”, “A ver si cena con mi madre la estirada de mi cuñada en vez de yo, ¿qué se habrás creído?”… Así hasta que alguien acaba con un sensato “Lo importante es que estemos todos bien y ya nos juntaremos al año que viene” que cae en saco roto.

Resulta realmente chocante y paradójico ver cómo nos aferramos a una celebración de la que año tras año salimos más o menos escaldados y que pensemos transgredir hasta la ley si hace falta para poder usar un matasuegras en presencia de la ídem y del resto de la familia, incluyendo sus miembros menos soportables.

Llegados a este punto, yo creo que lo que nos carga y nos preocupa no es tanto el no poder disfrutar de esos momentos de familia cada vez más infrecuentes como que nos cambien los planes. Porque, a ver, si este año tocaba en casa de mi cuñada, ¿salta el turno o se conserva? O, ¿qué hacemos con el tema de los regalos?, ¿nos cruzamos dinero por bizum y que cada uno luego se compre lo que quiera (acierto seguro) o arriesgamos a mandar un paquete de tienda online y a ver qué sale?

Al final, es curioso, pero lo que ayer era rutina que amenazaba con matarnos de aburrimiento hoy se convierte en quimera de lo que más nos gustaría volver a disfrutar. Algo así como si, de pronto, “All I want for Christmas” es reunirse alrededor de una mesa con el máximo número de personas posible. Efectos colaterales del cambio de planes.