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Raquel Fuertes

Somos un pueblo de los de tocar, relacionarnos, convivir… Nos gusta la gente y ahora nos cuesta un mundo ver  a nuestros amigos y familiares y no darles un beso, un abrazo, un achuchón… porque sabemos que está en juego la vida.
En ese aspecto hemos tomado conciencia y ya no nos extraña ver escenas de gente con la inevitable (¡ay si nos la hubiéramos puesto antes!) mascarilla chocando los codos. Ese es nuestro nuevo día a día y, aunque nos cuesta, nos vamos acostumbrando a saludarnos con besos intuidos lanzados al aire bajo la mascarilla.
Esa nueva rutina que marca el distanciamiento social no es más que la representación de cómo es la vida en esta nueva normalidad que todos queríamos que fuese como la de antes y que la mayoría hemos entendido como un, por ahora, imposible. Por mucho que seamos de tocar ahora nos hemos de conformar con mirar.
Al margen de quienes actúan (¿se han dado cuenta?, siempre son “los otros” en estas expresiones, nunca nos incluimos) de forma irresponsable y que están favoreciendo que la segunda ola llegue antes de que acabemos de coger aire tras la primera, lo que ha quedado en evidencia es algo mucho más prosaico que nuestro afán de proximidad: una parte fundamental del volumen de negocio de nuestro país se basa en las relaciones.
Bares, restaurantes, hoteles, discotecas. Beber, comer, bailar, viajar… Lo que el ministro de Consumo tildó de actividad con poco valor añadido y que se está manifestando como lo que es: uno de los motores de nuestra economía. El turismo (y no me quiero olvidar del nacional) y el ocio mueven miles de millones en nuestro país (no digo cifras que me haré un lío como Sánchez con el PIB) y generan millones de puestos de trabajo para personas que ahora malviven entre el limbo del ERTE y el infierno del paro.
No hace falta más que darse una vuelta por el centro de Teruel y ver los restaurantes y bares medio vacíos cuando otros años en estas fechas eran un hervidero. No quiero ni imaginar cómo será en las zonas que viven esencialmente del turismo. Nos queda conjugar el difícil equilibrio entre responsabilidad, distancia social, ingresos decrecientes y activación del consumo. Devolver la alegría a nuestros negocios sin contar con el turismo extranjero y sin jugarnos lo más importante: la salud.