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De vocación, comisionista De vocación, comisionista

De vocación, comisionista

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Raquel Fuertes

Ahora lo sé. Ha debido ser mi vocación oculta hasta ahora y la sucesión de personajes que han logrado sacar cabeza entre guerras, inflación, pandemia y desastres naturales me lo han hecho ver claro. Siempre he tenido curiosidad por saber cómo se constituían y asignaban las rentas vitalicias de los nobles ingleses. Por aspirar a una, vaya. Esa asignación que los colocaba con un valor determinado en el inhóspito mercado matrimonial, dejando el éxito del emparejamiento al margen de compatibilidad, cualidades, habilidades o belleza. Y así se forjó toda una clase de ilustres desocupados (conocidos como “millonarios ociosos”), a alguno de los cuales, afortunadamente, le dio por leer, pensar, viajar o hasta escribir algo. Que el solaz se convierte en hastío cuando se eterniza. No sé si los nobles británicos seguirán con esas percepciones o si ya habrán tenido que pasarse a la dura ley del mercado y tener que trabajar para ganar dinero. Que las tierras ya no son lo que eran. Pero hay alumnos aventajados (en algunos también concurre la circunstancia de mediar título nobiliario) que han conseguido hacer de sus relaciones un lucrativo negocio.

Así, con los amigos de papá, con los papás de mis amigos y con el primo de un conocido es como nos podemos colocar en el lugar social con el que pronto soñarán los niños de este país. Ya no querrán ser youtubers, tiktokers, instragrammers ni influencers. No, ahora todos buscarán ese papel discreto, pero simpático, ostentoso, pero con clase, que aspira al lujo y a los lujos sin requerir de algo tan ordinario como doblar el lomo: comisionista. Porque sí, porque hasta yo que en algún momento he aspirado a un sueldo Nescafé para retirarme a otro estado de consciencia o de afiliación a la Seguridad Social ahora veo que he perdido el tiempo en mis suspiros: es mucho más rentable interceder (pueden poner aquí cualquier otro verbo, a mí me da apuro, que queda escrito) para conseguir mascarillas en el momento de mayor crisis sanitaria del siglo, para concertar con países de dudosa democracia la celebración de una competición deportiva o, si apuntamos más alto, para llevar el tren al desierto (ojo, ejemplos hay a patadas) que dedicarse a trabajar como un pringado o coleccionar etiquetas para ver si toca el sueldo para toda la vida. ¿Legal o ilegal? Seguramente, inmoral. Pero de está saldrán vocaciones. Seguro.