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Raquel Fuertes

“Te amo”. Cinco letras que encierran el momento de felicidad máxima de una (óptimo, dos) persona. Dos palabras que significan la máxima generosidad y entrega. Imagino el momento en que él (versión clásica, por simplificar) le regala la pulsera de plata que me acabo de encontrar tirada en la calle con esa breve e inmensa leyenda. Momento mágico que podemos intuir íntimo y lleno de nervios (me los imagino jóvenes y espero que a ella le gustara la pulsera o al menos se dejara llevar por la intención) que, sin embargo, no hay tenido continuidad en el tiempo: ella ya no tiene la pulsera.

Si el principio de la historia lo ponemos en el momento del regalo (imaginemos una especie de declaración: las palabras que le costaba pronunciar), se me ocurren varios finales hasta llegar a la pulsera abandonada. El más sencillo: la historia discurrió en modo película americana, todo bien, y la pulsera se perdió accidentalmente, aunque eso no ha menoscabado el amor de la pareja. Pero hay opciones más disruptivas. Todo mal. Él no contestaba a sus llamadas, le dejaba en leído (en la era Tinder esto es más frecuente), mostraba una repentina indiferencia… Tanto que ella se hartó y se arrancó con rabia la pulsera tirándola en el cruce de calles donde la encontré.

Ambas historias podrían haber tenido el mismo inicio, el mismo desarrollo y solo variar en las escenas finales. Pero justo de ese final depende la percepción del relato. El recuerdo, el archivo, el cómo se transmita en futuras narraciones, en el sabor que deje a los protagonistas... De hecho, uno de los finales no es más que una anécdota dentro de una historia más larga mientras que el otro marca un “The end” doloroso más propio de producciones europeas (y de la realidad, no nos vamos a engañar).

Con todo lo que está pasando (película desasosegante con momentos tristes y regusto amargo) yo ya no hago cábalas sobre qué será lo de mañana. Virus, elecciones, PCR, pensiones, vacunas, muertes, despedidas, asaltos, tensiones, jetas… Nieve, frío y hielo. Hasta una explosión. Todo sumado a lo que cada uno acarreamos, que no es poco. Vamos sorteando día a día lo que nos depara este maquiavélico guion y solo espero que el final (ese que debe justificar semejantes medios), del que ya todo depende, sea bueno. Y que, al menos, quede una buena historia que contar.