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Raquel Fuertes

Y quien dice Down dice cualquiera de los otros diagnósticos con los que se señala a personas especiales. Una noticia en el periódico me recordó, primero, a aquel chaval alto que hacía las sustituciones en conserjería y te daba los recados poniendo siempre delante la palabra “Profe”. Lo decía de tal manera que parecía que se sabía tu nombre, apellidos y número de afiliación a la Seguridad Social, pero, en realidad, solo sabía el nombre de su profesora.

Encontró ese recurso para salir del paso (de hecho, yo tampoco sabía su nombre y no sabía cómo disimularlo) y quedar bien con todos. Recursos propios. Porque si este mundo es difícil para todos, para esas personas especiales los tacos de inicio de la carrera de la vida están puestos varios metros más atrás y en su calle los obstáculos tienen doble ancho y triple altura.

Todo es más complicado para quienes tienen unas capacidades distintas a las que son norma o, simplemente, son más lentos. Después me han venido a la mente aquellos alumnos que fueron capaces de entender mis explicaciones (confieso que mi verbo hablado es de difícil seguimiento para cualquiera) para imaginar una historia, convertirla en un cuento, escribirlo en ordenador, hacer las ilustraciones, escanearlas y, finalmente, maquetarlo. Y en equipo. Listo para imprenta.

He escrito miles de textos, pero superar el orgullo de “Rey Misterio” y “El castillo encantado” será complicado. Sobre todo porque ni una palabra era mía.

Años después me topé con Marian, en la recepción de la aseguradora, contándome sus amores (el oficial y socialmente conveniente y el que ella sabía que no le convenía, pero le apasionaba) o con Mercedes diciéndome que su hijo, Rubén, iba a dejar el colegio La Arboleda y no sabía cómo despedirse de las personas que le habían hecho tan feliz durante años.

Cuando nos cruzamos con ellos, lo fácil es mirar a otro lado. Nos incomoda lo que es diferente, sobre todo cuando percibimos que detrás puede haber problemas. Dificultad de aprendizaje o comunicación, patologías físicas que a veces conllevan una salud frágil, reacciones incomprensibles para los que vivimos filtrando emociones… Cuando miramos de frente y de cerca la diferencia corremos un grave peligro: darnos cuenta de que tenemos mucho más que aprender de ellos que ellos de nosotros. Desde luego, son diferentes. Pero el problema es que nosotros no somos especiales. Y ellos sí.