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Raquel Fuertes

Este año el destino ha hecho que nuestros miedos tengan nombre de tensiómetro digital. La nueva mutación concreta el temor hacia lo que hemos estado intentando dar por cerrado y acabado cuando no deja de estar presente y latente a un tiempo en nuestras vidas.

El fantasma de las navidades pasadas, íntimas, solitarias, cargadas de prohibiciones y máximos de comensales, reaparece con gran fuerza en Europa y de forma lenta, pero sin pausa, en una España a la que parece que le cuesta reaccionar incluso frente a la evidencia de lo que ocurre alrededor.

El bicho sigue ahí. Hemos decidido convivir con él y seguir adelante, asumir riesgos, pero sin dejar otra vez nuestra vida en modo ahorro de energía. Sin embargo, las intenciones de normalidad no son suficientes cuando en unos meses baja la inmunidad proporcionada por la vacuna, hay millones de ciudadanos que arrastran su miedo y su egoísmo al lado de la no vacunación y, con una mirada más global, nos queda el medio planeta pobre sin vacunar.

Como siempre (qué fácil es hablar desde fuera) nos va a pillar el toro, aun sabiendo qué es lo que viene si no tomamos medidas ya. Al margen de esa variante sudafricana que ha apeado del top 5 de la actualidad al volcán de Cumbre Vieja y ha vuelto a poner por delante de las coladas y fajanas las incidencias acumuladas y hospitalizaciones, el virus vuelve a campar a sus anchas por centros de trabajo, escuelas, reuniones sociales y hogares. Parece que menos mortal, pero con la amenaza clara de volver a poner nuestras vidas en paréntesis o, al menos, a medio gas.

Si hiciésemos el ejercicio de la Canción de Navidad de Dickens y echásemos la vista atrás, a las navidades pasadas, encontraríamos las mesas medio vacías de los que siguieron al pie de la letra las instrucciones y mesas más llenas en las que este año puede que haya bajas tras el horror de la ola del invierno pasado.

Este año los anuncios hablan de reencuentro, de familia, de todo como antes. Y nos olvidamos de que lo sucedido no solo es agua pasada, sino que nos ha mojado y nos ha hecho diferentes. Ni mejores, como en los eslóganes, ni peores. Distintos. Y, con nuestros fantasmas, tendremos que vivir las navidades. Es hora de tomar las decisiones para que estemos la mayoría y estemos bien.