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Raquel Fuertes

En el año de la contención del contacto físico y del padecimiento tácito de las emociones exacerbadas pero reprimidas, del miedo a lo desconocido y del enfado frente a las actuaciones y reacciones de quienes creíamos conocer es más importante que nunca lo superficial. Lo que vemos, lo que conforma nuestro marco de movimientos y lo que hace, en definitiva, que las cosas nos parezcan de una u otra manera.

Porque si el escenario es importante siempre, cuando nos movemos con pies de plomo en un mundo inseguro e incierto, las cosas que, aparentemente , no tienen más función que el adorno o la belleza (como si esto fuera poco) este año son más necesarias que nunca para intentar que algo tenga un aire de aire de auténtica normalidad.

El decorado, la fotografía de una película marcan mucho más de lo que creemos a priori cómo la percibimos. Por encima del guion o de los actores, el entorno en el que todo se desenvuelve hace que la trama parezca una u otra cosa. El mismo romance contado en un escenario de película de “amor y lujo” parece bien distinto si lo sacamos a un entorno marginal, por ejemplo. Y, como espectadores, nos fijaremos en diferentes matices de esa relación (incluso puede que apreciemos mejor la intensidad en el marco menos bello), aunque no lo queramos. Porque el entorno nos condiciona.

Así, este año, parece que antes que nunca, nos hemos puesto a decorar calles, comercios, despachos y casas con luces y adornos que quizás verán menos personas que nunca.

Calles por las que nos dicen que evitemos las aglomeraciones o que circulemos en un único sentido. Oficinas en las que casi todos teletrabajan. Tiendas en las que el colorido navideño sustituye a la alegría de la caja registradora. Y hogares en los que este año no hará falta sacar más sillas.

Así que sí, aunque apetezca poco. Aunque sean pocos los ojos que los vean. Aunque el poso de tristeza y de temor que arrastramos desde marzo no desaparezca, facilitemos que, al menos en lo superficial, algo parezca ser como antes.

Porque en estos tiempos nos encontramos con la vieja paradoja de que no hay nada más necesario que lo superfluo. Lo que nos hace sentir que hay algo que celebrar y que, ahora más que nunca, estamos vivos. Y eso, la verdad, no tiene nada de superficial.