Síguenos
Raquel Fuertes

Cada uno de nosotros vive en su rutina crisis, cambios, rupturas, desengaños, despedidas. Tragedias que, pequeñas o grandes, contribuyen a que cada día seamos distintos a lo que fuimos ayer sin dejar de ser, paradójicamente, los mismos.

Cuando sobre esas tragedias de lo cotidiano logramos establecer la suficiente distancia como para convertirnos en espectadores de nuestra propia desdicha acabamos sintiendo una mezcla de emociones que, a pesar de ser dolorosas o negativas en su mayoría, consiguen que pasemos a un estadio siguiente con esa prueba ya superada. Esto viene a ser, tirando de diccionario, una catarsis. Una purga de emociones que, finalmente, tiene un efecto “purificador y liberador” (RAE, sin ir más lejos).

Seguramente ese efecto no lo vivirán muchos de nuestros hijos porque les hemos negado la capacidad de errar, frustrarse, equivocarse o caer. Siempre con la red a punto para que si trastabillan no sea más que un traspiés, apostados al acecho para arreglarlo todo con un “cura sana” y “esto te lo arreglo yo”. Flaco favor les hacemos.

Porque, en el mundo real, esto de la vida no deja de ser más que una continua toma de decisiones. Con fallos y aciertos que se mueven más en la escala de grises que en los blancos y negros, y en la que, además, te encuentras con los obstáculos y trampas del entorno. Porque, oh sorpresa, no estamos solos y, además, como dijo el filósofo, “yo soy yo y mi circunstancia”. Y, muchas veces, la que manda es la incontrolable circunstancia.

La transformación que se produce tras esa experiencia que trastoca lo que éramos ayer (repito, no hacen falta grandes dramas, como dice un buen amigo, no son problemas pequeños si los percibimos como grandes, por mucho que para los demás sean nimios o inocuos) nos convierte en una evolución de nosotros mismos, nuestro yo de hoy. Igual de lícito, respetable, desatinado o absurdo, por mucho que en algo haya cambiado.

Ahora, mire a su alrededor. El momento que vivimos es más que suficiente para una catarsis colectiva. Ya vimos que aquello de que íbamos a salir mejores y más solidarios solo fue un brindis que perdió su opción de ser antes del primer sorbo. Pero aún tenemos la oportunidad de coger distancia, desenfundar emociones y llegar a esa catarsis que, como sociedad y como individuos, tan bien nos vendría. Para empezar, nos sobran los motivos.