Síguenos
Raquel Fuertes

Pude escribir mis palabras más tristes aquella noche. No lo hice. ¿Cómo iba a escribir? Ni siquiera era capaz de hablar en aquella sala de espera en la que compartía silencio, miedo y tristeza con casi todos los hombres de mi vida. Sentía frío. Era una noche lluviosa de principios de otoño y durante unas horas la vida de mi madre pendió de un hilo sin que pudiésemos hacer nada más que dejar morir los minutos. No sabíamos que vendrían más noches así en los meses siguientes, aunque, en aquel momento, en medio de aquella oscuridad, hubiera sido un consuelo saber que iba a haber más amaneceres.

Mi madre superó aquel embate, y otros más duros pocos meses después. Han pasado más de cuatro años y sigue llamándome casi a diario para contarme las mismas historias del día anterior. Como siempre. Doy gracias.

Pocas personas hay que no hayan pasado noches como esa. Oscuras y cerradas como la boca de un lobo. Llenas de vacío e incertidumbre. Esperando noticias sobre la vida de los que amamos.

Si esa situación siempre es dolorosa y deja huella, ¿qué va a ser de nosotros cuando esto pase? Muchos de los muertos son invisibles. Y no hablo del silencio visual de los medios de comunicación (que también: solo hay imágenes de muertos y ataúdes de otras nacionalidades). Hablo de la soledad a la que se están viendo obligados los enfermos y quienes les quieren. Imposible estar a los pies de la cama, charlando; en una sala, esperando. Ni siquiera en ese frío cuarto de la UCI donde el médico da el diagnóstico y va poniendo al corriente de la evolución. Todo distancia. Ni una despedida. Ni un beso. Sin abrazos.

Cuando esto pase espero que no nos hayamos acostumbrado a la distancia y a la soledad. Que un rayo de olvido borre las sensaciones amargas y los miedos. Y volvamos a vernos, tocarnos, sonreírnos… Que nadie tenga que morir solo. Que puedan despedirle todos los que le quieren.

Y que enfermedad no sea sinónimo de aislamiento. Incluso en los casos más leves, el enfermo queda atrapado entre cuatro paredes, con el mínimo cruce de palabras, y hasta miradas, con quienes le quieren y que, como pueden, le cuidan.

Entre tanta oscuridad, siempre vuelve a amanecer. Esperemos que sea más pronto que tarde y que aún quede para iluminar algo de lo que fuimos.