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Raquel Fuertes

La actualidad casi casi me ha llevado a titular “malasombra”. La verdad es que es de agradecer la recuperación del vocablo y, personalmente, creo que es un adjetivo que podrían cruzarse entre todos los políticos en cualquier dirección sin miedo a equivocarse. Pero no: en prensa estamos trabajando como nunca y sobreviviendo peor que de costumbre así que he recuperado la idea inicial. Porque el sexo vende y hay que vender periódicos. Ayer, hoy y quién sabe si mañana, cuando todo sea (dicen) virtual. Qué lástima todo.

Pero hoy no he venido a quejarme. No. Estoy hasta los mismísimos de escuchar lo de “fatiga pandémica” como repositorio en el que albergar todos los males que vamos arrastrando. Por la covid y lo que no es la covid. Que cada uno venimos de casa con una interesante mochila de sombras que parece que también queremos imputar a la dichosa fatiga que todo lo absorbe. 

Venía a contar algo que me preocupa. Vivo en un piso de barrio viejo, con patio de manzana enorme. No da tanto juego como a James Stewart en su convalecencia, pero en los sucesivos confinamientos y cuarentenas va haciendo su aportación a nuestra imaginación a falta de acción real. 

Desde la que hace ejercicio cara a la galería con un top mínimo, hasta los que reciben visitas no regladas o superan claramente el aforo máximo permitido en comidas que se convierten en genuinas tertulias de actualidad. Esto suele ser en horario diurno y vespertino. Pero, al caer la tarde y hasta altas horas de la madrugada (sí: el maldito insomnio permite estas comprobaciones) desde marzo (sí: cuando empezó todo), una ventana empezó a iluminarse en fucsia a diario.

Nada discreto. Ni el color ni la intensidad. Ni las horas. Y empezamos a elucubrar. Porque pasamos todo el confinamiento, desde el más estricto hasta las fases de desescalada, con esa ventana iluminada en fucsia burdel. Hasta en la nueva normalidad. 

En las cabezas fluían hipótesis y todas llevaban a un mismo punto: un antro de perversión y lujuria, saltándose normas, distancia y toque de queda. Sin trata de blancas y todo consentido, que para eso cada uno imagina al gusto. Pecado en estado puro.  

Pero la luz lleva unos días apagada. Y la preocupación crece, ¿habrá desaparecido el toque erótico del vecindario y solo quedará en la madrugada el ladrido del perro del vecino malasombra?