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Raquel Fuertes

Aún recuerdo la primera vez que me dijeron aquello de que cuando se cierra una puerta se abre una ventana. La verdad, ya no era una niña (tenía 34 años) y precisamente en el contexto en el que me lo dijeron me dejaron patente que había dejado atrás la (primera) juventud.

En aquella introducción al otoño (ahora la veo como absolutamente prematura y desproporcionada; a los 34 hoy muchos jóvenes siguen viviendo en casa de sus padres y no tienen, por desgracia, ni un esbozo de proyecto vital independiente) no quise ver algo que, en realidad, es evidente: cuando algo se acaba, cuando hay una negativa, cuando existe un rechazo, cuando se dice adiós, en realidad siempre aparece una oportunidad, aunque en ese momento tenga el color de la tristeza, el despecho, la frustración o la rabia. 

Pero lo cierto es que detrás de una puerta que se cierra aparece algo nuevo. Un cambio que quién sabe si no traerá algo mejor que lo que queda atrás cargado de dolor o ira. A veces, simplemente con que sea distinto habrá mejorado en algo: nos habrá hecho salir de la zona de confort y nos permitirá seguir evolucionando. Eso que al principio llaman crecer y que a estas alturas, con el viento de otoño a la espalda, ya solo lo podemos llamar madurar (por no ir más lejos).

Así, cuando la semana pasada se empezaron a juntar las mil y una desdichas en personas de mi entorno volví a encontrar que alguien, también cerca de los 34, oía por primera vez lo de la puerta y la ventana. En ese primer momento sí le produjo cierto consuelo que, como no podía ser de otro modo, cayó un par de días después, al darse cuenta de su provisional nueva realidad.

Sin embargo, esa desazón, que puede llegar a desesperación cuando lo que ocurre se parece mucho a una tragedia, acaba remitiendo y la vida, tozuda, sigue dando nuevas oportunidades cuando nos levantamos, la miramos de frente y logramos reponernos del embate del primer golpe (o de la paliza, que a veces la cosa se pone seria). Así que, para cuando haya puertas que se cierran, habrá que dejar abierta la ventana para que entre el viento, aunque sea de otoño. Y, así, la vida siga.