EFE
Siempre me ha llamado la atención cómo el ser humano se aferra a la vida en las situaciones más extremas o desfavorables. Personas con una vida renqueante e incluso solitaria que no se dejan morir en medio del dolor y la enfermedad y que optan por luchar aunque les espere algo duro y triste.
Muchos decimos que en circunstancias extremas mejor que nos dejen ir, pero lo cierto es que después de visto esto en tantas ocasiones, seguro que hay algo que ocurre en ese momento para que valoremos sólo lo maravilloso de la existencia, aunque quizás sean recuerdos y sueños más que realidades. Así que sí, algo debe haber para pensar que la vida siempre merece la pena aún en las condiciones más extremas. Esta Navidad hemos visto la madre que ha perdido a tres hijos y un marido aguantando el tirón de un rescate casi imposible. Y todos hemos pensado en algún momento que ella habrá deseado haber muerto ahogada antes que vivir con el dolor de esa enorme pérdida. Pero no: ella sigue ahí, al frente de su vida y de los hijos que sobrevivieron a la tragedia y eso le hará que merezca la pena semejante duelo.
Con el caso de Venezuela, sin embargo, hay tantas perspectivas, tantas incógnitas, tantos secretos y tantos intereses que el primer impulso (“No se hacen así las cosas, pero al menos ha caído el dictador y Venezuela será una democracia”) ha dado paso a creencias menos halagüeñas (de derecho Internacional y orden jurídico en general ni hablamos) en las que empezamos a tener la certeza de que la democracia le importa bien poco al invasor y que el interés sólo es económico y político.
Un manotazo sobre la mesa para dar a conocer la fortaleza y los medios de un ejército, de todo un país, frente al mundo. Y piensas en los venezolanos, en cómo han ido serpenteando para garantizarse la supervivencia anhelando ese momento liberador y que, cuando creen que ha llegado (ya digo: los medios no han sido los idóneos, sin duda), se les escapa como agua entre las manos. Ojalá no vuelva para ellos la desesperanza. Ojalá no tengan que pensar que toda la sinrazón de estos días oscuros no va a valer la pena porque ese no era el camino hacia la anhelada libertad.
Muchos decimos que en circunstancias extremas mejor que nos dejen ir, pero lo cierto es que después de visto esto en tantas ocasiones, seguro que hay algo que ocurre en ese momento para que valoremos sólo lo maravilloso de la existencia, aunque quizás sean recuerdos y sueños más que realidades. Así que sí, algo debe haber para pensar que la vida siempre merece la pena aún en las condiciones más extremas. Esta Navidad hemos visto la madre que ha perdido a tres hijos y un marido aguantando el tirón de un rescate casi imposible. Y todos hemos pensado en algún momento que ella habrá deseado haber muerto ahogada antes que vivir con el dolor de esa enorme pérdida. Pero no: ella sigue ahí, al frente de su vida y de los hijos que sobrevivieron a la tragedia y eso le hará que merezca la pena semejante duelo.
Con el caso de Venezuela, sin embargo, hay tantas perspectivas, tantas incógnitas, tantos secretos y tantos intereses que el primer impulso (“No se hacen así las cosas, pero al menos ha caído el dictador y Venezuela será una democracia”) ha dado paso a creencias menos halagüeñas (de derecho Internacional y orden jurídico en general ni hablamos) en las que empezamos a tener la certeza de que la democracia le importa bien poco al invasor y que el interés sólo es económico y político.
Un manotazo sobre la mesa para dar a conocer la fortaleza y los medios de un ejército, de todo un país, frente al mundo. Y piensas en los venezolanos, en cómo han ido serpenteando para garantizarse la supervivencia anhelando ese momento liberador y que, cuando creen que ha llegado (ya digo: los medios no han sido los idóneos, sin duda), se les escapa como agua entre las manos. Ojalá no vuelva para ellos la desesperanza. Ojalá no tengan que pensar que toda la sinrazón de estos días oscuros no va a valer la pena porque ese no era el camino hacia la anhelada libertad.
