Inquieto por la diversificación de las amenazas, el occidente busca seguridades; pero no en grupo, sino en el típico sálvese quien pueda de las turbas en peligro. Quiere decirse que cada nación intenta encontrar la fórmula defensiva más acorde a su temperamento. Y quiere decirse al mismo tiempo que la fórmula escogida pone muy a la vista las carencias autóctonas.
Por eso Francia, que confía en el patriotismo de sus ciudadanos, planea restaurar la mili obligatoria, mientras que Hispania, sumida en un mar de dudas al respecto, pretendió una vez salir del atolladero poniendo más reservistas voluntarios. Incluso hubo dudas enormes acerca de cómo se haría cundir el reservismo espontáneo en un país cuyo himno permanece sin letra.
Europa intenta exprimirnos la identidad, pero lo que rezuma es licor de individualismo y evasiva pura en lugar de coraje o sentido colectivo.
La España invertebrada no reimplantará jamás el servicio militar ni encontrará voluntarios para la reserva: todo quedará en agua de borrajas porque la misma controversia interna que ha suscitado la defensa es un rodeo más, una dilación en toda regla, un descarado birlibirloque para disimular hasta que se calme la paranoia occidental.
Aquí sigue rigiendo el mili caca de los ochenta, que sólo es, en realidad, una versión moderna del inveterado “cada palo que aguante su vela”, destilación suprema de la esencia ibérica.
Nuestro ejército menguante ha venido a ser una suerte de cuerpo funcionarial donde no está claro dónde acaba el patriotismo y empieza el oficio.
Que se lo digan a los intelectuales del 98, tan españoles, tan repletos de castellanía, tan patrioteros, que abandonaron el terruño de sus amores a las primeras de cambio. Y si no, escárbese cada uno el entreforro a ver si le apetece alguna reserva más allá de la que va secando al aire de la sierra o de la que macera en el subsuelo de las bodegas.
Existe, sin embargo, una razón para tanto despego; una explicación quizá incomprensible para las mentes nórdicas: la conciencia general, el presentimiento hereditario de que nuestro particularismo indómito es lo que nos hace inexpugnables. Napoleón podría contar varias anécdotas ilustrativas.
