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"A mí me funcionó" y el riesgo de dar consejos

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Grupo Psicara

Por Javier Ibáñez Vidal

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Esta semana vamos a abrir un melón que no dejará indiferente a nadie: ¿es aconsejable dar consejos?

Los consejos son opiniones subjetivas que una persona da a otra, en forma de recomendación, con el objetivo de orientar su comportamiento de una manera determinada. No es una definición que nos sorprenda ni que nos aporte nada nuevo, ya que todos y todas hemos aconsejado alguna vez y sabemos de qué va todo esto. De hecho, muchas veces nos sale de manera casi automática y vamos por la vida materializando nuestros conocimientos en consejos. Y aunque la mayoría de las veces, estos son bienintencionados, no solemos ser conscientes de que en muchas ocasiones pueden ser contraproducentes.

Es cierto que como seres humanos, nos valemos de la experiencia de otras personas que ya han transitado el camino que queremos emprender, y eso nos ayuda a anticipar posibles dificultades y a adaptarnos lo mejor posible a los senderos que la vida nos depara. Sin embargo, partimos de un error de base al asumir que todos los caminantes y todos los caminos son iguales. Siguiendo con la metáfora, es muy probable que yo no tenga las mismas zapatillas que tú, ni la misma ropa, ni la misma mochila, ni la misma carga dentro de ella, ni que me encuentre en el mismo punto de mi vida que tú, de hecho, seguro que somos personas muy diferentes en muchos aspectos. Además, a pesar de su apariencia, un camino nunca es el mismo, el entorno cambia, el tiempo cambia, el contexto cambia, todo cambia. En conclusión, seguramente mi mundo será muy diferente al tuyo.

Cuando buscamos un cambio en nuestra vida o cuando lo estamos pasando mal, normalmente recurrimos a nuestras personas de confianza en búsqueda de consejo. Y ojo, esto suele ser adaptativo para ambas partes. Si soy yo el que pide consejo, me permite buscar apoyo y obtener ayuda en un momento de necesidad, y si soy yo el que aconseja, me siento útil en la ayuda a mi ser querido. Sin embargo, el riesgo de aconsejar es obviar que lo que me ha servido a mi, no necesariamente te servirá a ti.

Aconsejar puede tener riesgos, pero de lo que no cabe duda es que éstos se multiplican cuando no se nos ha solicitado consejo. Y esto lo hacemos más de lo que nos damos cuenta. “Tú lo que tienes que hacer es…”, “A ti lo que te iría bien es…”, “Tú lo que deberías es…”. Parece que tengamos muy claro, cuando se trata de otra persona, lo que tendría que hacer para mejorar su vida. Tenemos una gran falta de perspectiva de las circunstancias de cada uno, sin embargo no dudamos en juzgar que podría hacer para sentirse mejor, sacar mejores notas, rendir más en el trabajo o solucionar los problemas con su pareja.

En algunas situaciones tendemos a adoptar este rol de experto, muchas veces basándonos en nuestra experiencia personal y nada más, centrándonos en el “yoísmo” que nos ubica en el yo, yo y yo: “pues yo…”, “a mi también me pasó y…” y en vez de escuchar a la otra persona, es ella la que acaba escuchándonos a nosotros. En otras situaciones, optamos por los consejos made in Mr. Wonderful, del estilo “cree en ti y lo conseguirás”, “piensa en positivo” o “sonríele a la vida”. El riesgo al que nos exponemos al actuar de estas maneras es que podemos banalizar los problemas de la otra persona, además de invalidarla y que ésta no se sienta escuchada. Esto a veces ocurre porque lidiamos muy mal con el malestar de los demás, y pensamos que siempre estamos obligados a encontrar una solución, cuando en muchas ocasiones lo mejor que podemos hacer es escucharle. Además, dar ciertos consejos puede culpabilizar o generar presión a quien los escucha. Sobre todo, si con nuestro “consejo” cometemos un “sincericidio”, es decir, cuando decimos lo que se nos pasa por la cabeza, sin filtros y sin medir el impacto que puede causar en la otra persona, un tema que ya abordamos hace unos meses y que podéis encontrar en nuestro blog. En definitiva, cuando alguien nos cuenta algo, dar un consejo rápido no suele ser la mejor opción.

De dar consejos saben mucho los gurús que dan charlas motivacionales sobre cómo mejorar tu vida o cómo aumentar tus ventas, sentando cátedra y vendiendo su experiencia personal como si fuese la panacea. Dando muchas veces una visión simplista de la complejidad humana y sus problemas y generando, a largo plazo, frustración entre sus seguidores. Pero oye “a mi me funcionó”. Aquí influye enormemente el “sesgo de supervivencia”, ya que tendemos a centrarnos mucho en las historias de aquellas personas que obtuvieron “éxito” o que superaron una situación concreta, obviando todas aquellas historias en las que no lo consiguieron. Y ojo, porque es posible que dos personas, haciendo cosas muy parecidas, no lleguen al mismo puerto, ya sea porque no partían desde el mismo punto, porque sus circunstancias eran muy diferentes, o por cualquier otro motivo. Además, por lo general no hay una fórmula mágica e infalible sobre cómo hacer las cosas. En conclusión,  aunque en algunos casos nos pueda ayudar, seguir los pasos o consejos de una persona “exitosa” no nos asegura el mismo resultado.

Entonces… ¿tendríamos que dejar de dar consejos?

No necesariamente. De hecho ya hemos comentado que muchas veces nos servimos de la experiencia de otras personas para orientarnos, y aconsejar forma parte del proceso de ayudar que llevamos a cabo los seres humanos. Simplemente sería recomendable que cuando aconsejemos, especifiquemos si estamos basándonos en nuestra experiencia personal, en algo que hemos escuchado por ahí o en algo sobre lo que no estamos seguros, ya que cabe la posibilidad de que no le funcione a la otra persona. En todo caso, el consejo debería ser realista y adaptado al destinatario, tratando de empatizar con él para tratar de comprender su situación.

Y por último… ¿los psicólogos y las psicólogas aconsejan?

Muchas veces, cuando nos preguntamos qué hacen los psicólogos, podemos pensar que sobre todo aconsejan a otras personas. Sin embargo, no somos consejeros a los que venir con un problema y decirte exactamente qué hacer. No es tan sencillo como eso. Para empezar, hay que conocer adecuadamente a la persona, sus problemas y su manera de actuar ante sus situaciones problemáticas, y trabajar para que la propia persona afronte dichas situaciones, con un papel activo, gracias a las herramientas y recursos que se pueden trabajar en terapia, desde una óptica profesional, no personal. Y es que hay que tener en cuenta, que para buscar ciertos cambios en nuestra vida, los consejos de tus seres queridos pueden ser de utilidad, pero quizás en algún momento necesites ayuda profesional.

Al igual que todas las grandes historias, la idea de escribir este artículo fue fruto de una conversación en torno a una mesa, con buenos amigos. Es fácil encontrarnos en estos contextos, hablando sobre los problemas de la vida y dando consejos que, en ocasiones llevarán a la otra persona a buen puerto, y en otras tantas no, aunque “a mí me funcionó”.