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Así fue ‘Aislados pero no solos’, una iniciativa que respondió a los retos del confinamiento Así fue ‘Aislados pero no solos’, una iniciativa que respondió a los retos del confinamiento
La psicóloga Samantha Gómez habla con Montse García, psicóloga voluntaria del programa

Así fue ‘Aislados pero no solos’, una iniciativa que respondió a los retos del confinamiento

Durante cien días el voluntariado ayudó a turolenses que no podían salir de casa

Cerca de 300 voluntarios en más de tres meses. Cien días en los que la actividad no paró en el centro de día Santa Emerenciana y contrastó con la quietud de las calles vacías debido al confinamiento de la población para frenar la expansión del coronavirus. El estado de alarma proclamado el 14 de marzo de 2020 supuso enfrentarse a nuevos retos  y uno de ellos era ayudar a las personas que no podían salir de casa y necesitaban que les llevaran la comida y la compra de lo imprescindible.

La alcaldesa de Teruel, Emma Buj, todavía se emociona cuando recuerda cómo aquel 14 de marzo, cuando se proclamó el primer estado de  alarma, lo primero que pensó como alcaldesa fue en todas aquellas personas mayores que hasta ese día habían podido hacer una vida normal pero que desde ese momento eran más vulnerables porque tenían que permanecer en sus hogares. Se preguntó que se podía hacer para que no salieran a la calle para ir a comprar o a la farmacia. Hizo una llamada de teléfono a la Federación de vecinos para lanzar ya un programa sobre el que ya habían estado trabajando, en principio con otra finalidad, pero que se podía ajustar a las circunstancias sobrevenidas. Durante ese fin de semana estuvieron adaptándolo para esa misma semana lanzar Aislados pero no solos. El 17 de marzo se presentó y solo en cinco días tenían 40 usuarios y 70 voluntarios. Estos números fueron creciendo día a día en un programa que Emma Buj considera que fue “fundamental” para atender a toda esa población que no podía salir de sus casas y que no tenían a nadie que pudiera atenderlos en aquellos momentos en las que todos estábamos confinados. “Hacía falta cubrir sus necesidades básicas sin que tuvieran que salir de sus domicilios”, recuerda.

Luego, el programa fue evolucionando y fue respondiendo a otras demandas que fueron surgiendo, como ayudar en competencias digitales a las familias que se veían en la necesidad de atender a sus hijos en casa, en colaboración con la Universidad. Muy importante fue también la atención telefónica que se hizo con un equipo de  teleoperadoras y psicólogas voluntarias o la confección de mascarillas que se cosían en las casas y que repartían los voluntarios del programa. 

“Gracias en mayúsculas”. Son las palabras que ahora pronuncia la responsable municipal cuando recuerda aquella ola de solidaridad. “La ciudad de Teruel se volcó”, subraya. Y no solo los ciudadanos como voluntarios, también muchas empresas que aportaron material, cedieron vehículos o entregaron alimentos. “La pandemia ha tenido muchas cosas negativas pero hay que destacar que también ha conseguido sacar lo mejor de nosotros mismos”, dice y pone de manifiesto que frente al individualismo “nos comportamos como sociedad porque vivimos en comunidad”. Y en aquellos momentos se demostró.

También lo recuerda así Carlos Aranda, concejal que coordinó el programa, y que resalta de aquellos momentos que hubo que crear un sistema de trabajo “de la nada”.  Todo era importante, no solo el trato con voluntarios y usuarios. Fue necesario establecer una base de datos donde todos ellos aparecieran reflejados para facilitar el trabajo y poder ponerlos en contacto. Además, cada día había que dar respuesta a nuevas demandas. “Íbamos dando solución a los problemas que surgían”, recuerda. Por ejemplo, llevar caramelos para los usuarios de una residencia. 

Para atender el programa se formó un equipo interdisciplinar de personas que no habían trabajado juntos antes. Aranda destaca la “buena voluntad” de todos para sacarlo adelante. 

“En otra situación no se hubiera entendido todo lo que hacíamos”, opina porque “cada día era una incertidumbre y no sabíamos a qué nos enfrentábamos”. Echando la vista atrás, “pienso que hicimos algo extraordinario de la nada, dar respuesta a esas personas fue extraordinario”.

El presidente de la Federación de Asociaciones Vecinales, Pepe Polo, recuerda cómo cuando le llamó la alcaldesa aquel sábado 14 de marzo se puso con Lucía Caballero, responsable de la comisión de asuntos sociales del colectivo vecinal, a adaptar un proyecto de acompañamiento que habían presentado unos meses antes para aplicarlo en esta nueva situación y en apenas tres días fue una realidad. “Entre el Ayuntamiento, la Federación y la sociedad turolense fuimos capaces de poner en marcha el programa”, destaca y como base tenían anteriores acuerdos con el Ayuntamiento y una estructura de la Federación por comisiones que facilitó el trabajo. “A nivel de Federación fue posible porque la organización está engrasada, es ágil y operativa y hay un equipo humano detrás”, considera. 

Desde el principio Patricia Blasco, técnico de la Federación, y la psicóloga Samantha Gómez estuvieron trabajando en este programa y  un año después valoran la solidaridad y la colaboración de todos que permitió “dar solución a cientos de problemas”, apuntan.

Durante esos días, los turolenses también supieron agradecerles lo que estaban haciendo. Los voluntarios podían repostar gratuitamente, les preparaban café todos los días “y había mujeres que nos traían comida casera o dulces”, necesarios para pasar momentos duros. “A veces nos llamaban para darnos la lista de la compra para que se la llevara el voluntario y se echaban a llorar”, porque quedarse encerrado en casa “supuso que afloraran sentimientos de invalidez y miedo al ver que eran personas de riesgo”. 

Hubo momentos de mucha angustia, como cuando tuvieron que atender un intento de suicidio, o cuando hacían seguimiento telefónico y no les respondían a la llamada ni una, ni dos, ni tres veces. “Y nos personamos en la casa para ver qué pasaba”. También momentos muy bonitos, como cuando localizaron a una voluntaria para que se quedara con un niño porque sus padres se tenían que ir al hospital, ya que estaban de parto, o cuando entregaron la primera tablet para que una mujer pudiera hablar con su madre ingresada por covid y que días después falleció. Después, de aquella vinieron otras tablets para comunicarse entre familiares o para hacer deberes.

Gracias al programa se atendió a muchas personas mayores que vivían solas o con su pareja, pero no fueron los únicos. También, entre otros, a familias monoparentales, madres con niños pequeños que no los podían dejar solos para ir a comprar y el voluntario tenía que ir por ella.

“Cuando ya dejaron salir a la calle hubo gente que vino a vernos para ponernos cara y darnos las gracias”, recuerdan.

Durante tres meses su lugar de trabajo y centro de operaciones del programa fue la cafetería del centro de día Santa Emerenciana, que había sido cerrada al público. Desde allí se repartieron comidas a domicilio, se montaron pantallas de protección, se hicieron lotes de productos o se atendían las llamadas. Con el fin de aquel primer estado de alarma concluyó el programa y se pasó el testigo a otro nuevo:  Acompañando-Teruel. Los voluntarios volvieron a sus vidas de antes de la pandemia, a estudiar o trabajar en Teruel o en otras ciudades, pero algunos de ellos rememoran en un video para redes sociales aquellos momentos y también los hay que continúan colaborando como voluntarios en este nuevo proyecto que tiene como objetivo fundamental combatir la soledad de los más vulnerables.