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José María Montón, responsable de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital Obispo Polanco, en su despacho

Montón, responsable de la UCI del Polanco: “Uno nunca se acostumbra a ver morir a pacientes con apenas 50 años”

Lleva 30 años de ejercicio profesional
Juanjo Francisco

José María Montón, médico especialista responsable de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del hospital Obispo Polanco, llegó a Teruel desde su Zaragoza natal hace ya más de 30 años. Y aquí cerrará su periplo profesional. En un minúsculo despacho con una ventana muy vertical que apenas rompe unos centímetros lo que más parece un muro que una pared, este intensivista dirige el equipo que defiende la última línea de combate al virus, la resistencia final ante el embate de una pandemia que se cobra vidas desde hace más de un año. Y ahora son vidas jóvenes, demasiado jóvenes para lo que hasta hace poco era usual en esas dependencias. Montón dirá al final de esta entrevista que “nunca se acostumbrará a verlos morir tan jóvenes”. Literal. Pero esto fue al final de la entrevista, como ya he dicho.

Antes de ahondar en estas reflexiones íntimas y personales de un especialista al que tampoco le duelen prendas reconocer que “nunca hasta ahora había llorado” en ese diminuto despacho que habita, toca hablar de lo aprendido en un año de duro trabajo cruzando guantes con el virus mortal. 

¿Qué han aprendido del covid-19?, inquiero para iniciar el diálogo. “Lo conocemos más”, contesta Montón antes de entrar en más detalles. 

El especialista recuerda que han vuelto a aplicar a lo largo de este año un decálogo de procedimientos clínicos fundamentados en la premisa conocida como “qué no tienes que hacer”. Siguiendo una lógica de eliminación de lo inútil y teniendo en cuenta que los intensivistas, según confiesa Montón, son muy “sindrómicos”      -término que podría explicarse en la averiguación metódica de “cómo funciona esto y cómo lo trato”, en la UCI de Teruel se encontraron con un virus completamente desconocido que ya no suena tan raro.

Aunque el fondo de la conversación con el médico no es fundamentalmente científico y sí pretende ahondar en la mella que la lucha contra la enfermedad ha dejado en los sanitarios, es difícil entender lo segundo sin abundar, apenas rozar, los fundamentos del primero. Por eso el doctor Montón explica que la clave de todo esto es la dichosa “respuesta personal” que plantea el virus, esa incógnita que entraña cada paciente, con la temida inflamación pulmonar “que no sabemos manejar porque es personal y viene en los genes”. Tal y como se esfuerza en explicar el especialista, la respuesta inflamatoria “va a depender de la genética, como lo hacen las alergias, sin que sepamos porque unos individuos las padecen y otros no. Por qué este virus a unas personas no les da problemas y a otros los mata?” recalca el especialista.

En estas y parecidas diatribas científicas han traducido las experiencias vividas en la UCI los que allí trabajan intentando salvar vidas. “Hemos avanzado en el conocimiento del virus, pero no tenemos herramientas de tratamiento aunque ya no intoxicamos tanto”, resume Montón.

Mientras la ciencia no aporte nuevas vías de combate al virus y las vacunas no sean del todo efectivas, el especialista sí recalca que lo realmente importantes, que no por repetido deja de ser efectivo, es mantener la distancia social, lavarse las manos y la ventilación de lugares cerrados.

Hace un año, cuando ni siquiera las prescripciones antes citadas estaban del todo claros, José María Montón ya intuyó que llegaba algo gordo. A modo de anécdota confiesa que en febrero, algunos amigos le preguntaron si podrían ir de boda en agosto, les contestó que “en agosto esa boda sería imposible”. El especialista recalca que vieron lo rápido que llegó el virus, lo que no calcularon es que “habría tantos casos de golpe, Intuíamos que esto iba a ser largo, pero lo de las olas nos ha sorprendido”, explica.

Hasta febrero-marzo del año pasado, en la UCI “estábamos acostumbrados a convivir con la gripe A, todos los años teníamos ingresos, y pensamos que llegaba una gripe A dura para el paciente, pero luego, cuando vimos la transmisión que había y la avalancha hospitalaria que se registró, ya vimos que todo iba a ser diferente y que todo se iba a prolongar”.

Para cuando llegó a la UCI el primer infectado, un 22 de febrero, nadie intuyó que aquello era covid. Montón estaba de baja a causa de una baja por un problema en una mano que requirió intervención quirúrgica. Eso le salvo de la infección que atrapó a dos colegas suyos, contagiados por aquel primer paciente. “Entonces hablábamos de enfermos raros, no sabíamos si aquello era covid-recuerda-, estuve apenas cinco días de baja porque para entonces se desató la locura y tuve que volver a trabajar”.

Contagiosidad

De un año a esta parte, en la UCI lo primero que se ha aprendido del virus es su “contagiosidad”, que es la “marca” diferencial de la enfermedad. Este matiz obliga a unos protocolos de trabajo “que supone una verdadera paliza física” para la enfermería, confiesa Montón, director de un equipo, según detalla, que “nunca ha tenido miedo, sí respeto, a una enfermedad “a la que no estábamos acostumbrados, a la que no estamos acostumbrados porque su contagio puede derivar en la muerte”, recuerda.

En tanto el EPI se ha convertido en herramienta habitual de trabajo, con todo el esfuerzo que ello implica, el equipo de intensivos funciona como un equipo sólido y nada pusilánime: “no he visto a ningún compañero paralizado o bloqueado por el miedo”.

¿Ha visto llorar a algún miembro del equipo a causa de la tensión o los momentos graves que se hayan vivido aquí?, quiero saber, y obtengo respuesta: “Yo he llorado sobre esta mesa, y no lo había hecho nunca. No sé si volveré a llorar o no, pero esta enfermedad, después de más de 30 años como profesional, me ha hecho conocer aspectos más allá de lo técnico”.

En intensivos sí ha visto el miedo reflejado en los ojos de los pacientes y en sus familiares. “Es muy duro decirle a alguien que lo vamos a dormir, que ya está muy cansado, que una máquina respirará por él y que en unos días lo despertaremos...ves el miedo en sus ojos porque ha visto en la tele lo que les pasa a muchos, y sus familiares también lo saben”. El especialista recuerda también aquella llamada telefónica de la esposa de un paciente de 50 años, padres de dos niños pequeños, a la que le fue comunicado por teléfono la intubación de su marido. “Preguntó ¿cómo va ir? y tú te estás preguntando si será de los que responde o no... y antes de colgar, y después de haber escuchado lo que había escuchado, te decía: muchas gracias y cuídense. Este tipo de frases las llevo grabadas dentro de mí. Hemos recibido tanta gratitud...”