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Nuria Gómez, muy contenta sobre el Green Dragon en el que realizó la travesía

Nuria Gómez: "Participar en el Reto Pelayo Vida ha sido un regalo, estoy muy satisfecha"

La turolense tomó parte en la Vuelta a España a Vela con otras cuatro supervivientes de un tumor de mama
Cruz Aguilar

Nuria Gómez Masiá bajó en Barcelona el 24 de octubre exhausta, pero feliz ,del velero en el que realizó la Vuelta a España 2020 del Reto Pelayo Vida, una travesía que partió de Bilbao el día del Pilar. La turolense quiso formar parte del equipo de supervivientes de cáncer de mama desde el mismo momento en el que le diagnosticaron el tumor, en el año 2016, y este 2020, que casi todo el mundo recordará como el año de la pandemia, para ella será también el de un sueño cumplido. “Participar en el Reto Pelayo Vida ha sido un regalo de la vida, me siento muy contenta y satisfecha, he disfrutado mucho, he sido consciente de lo que estábamos haciendo y he disfrutado del mar en su violencia y bondad en toda su extensión”, dice.
La travesía en barco “es única” como experiencia personal, y más para ella que es científica marina, pero a la vez está orgullosa de haberla realizado porque está ayudando a mucha gente a “quitar el tabú del cáncer”. Explica que cuando paraban en los puertos había gente que se les acercaba para decirles que eran “esperanza y motivación”, algo que llenaba de orgullo a las participantes en la Vuelta a España 2020.
En el velero viajaron las 5 supervivientes de cáncer; 4 tripulantes experimentados, entre los que se encontraba Ángela Pumariega, Medalla de Oro olímpica en 2012 y directora deportiva de la expedición; dos cámaras y el director e impulsor del proyecto, el periodista Eric Fratini.  
Nuria Gómez es licenciada en Ciencias del Mar pero su formación académica no prepara para sentir el Cantábrico en todo su potencial, como ocurrió ya en las primeras horas de viaje. Partieron del puerto de Bilbao y las 36 horas iniciales fueron difíciles debido a una gran tormenta que se  desató y hacía saltar a las tripulantes “un palmo de la cama”, narra ahora la turolense. 
En esas primeras horas todas las participantes se llenaron de moratones por los golpes y una incluso tuvo que ser atendida de una contusión en una costilla en Bayona (Pontevedra), donde recalaron, aunque no estaba previsto, a consecuencia de una avería. “El Cantábrico y cruzar el estrecho con vientos de hasta 42 nudos fue lo más duro”, relata .
Y es que las cinco mujeres que tomaron parte en el Reto Pelayo Vida 2020 son supervivientes de cáncer, pero ahora debían demostrar que eran también capaces de superar una prueba dura como es rodear la península ibérica a bordo de un barco de 72 pies, el Green Dragon, navegando 1.530 millas náuticas a lo largo del mar Cantábrico, el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. 
Hacían guardias de 3 horas en las que tomaban parte entre 2 y 3 mujeres porque eran 5. En ese tiempo de guardia una se ocupaba de manejar el timón o ajustar la vela al viento. “Solo cuando había una maniobra difícil teníamos que subir todas a cubierta”, explica. Durante los ratos de guardia en los que no estaban al timón se ocupaban de ordenar cabos, mirar al horizonte y atender el equipo o la predicción del tiempo para saber si iba a cambiar la intensidad del viento. En definitiva, “vigilando lo que sucede a cubierta para que todo vaya correctamente”, especifica. 
 Las otras 3 horas la turolense explica que las pasaba descansando en la litera porque acababan las guardias “reventadas” y su único pensamiento era meterse en el saco para “coger calor y dormir”. En ese tiempo también debían colaborar en la preparación de las comidas y la limpieza  del barco. Reconoce que durante toda la travesía estuvieron sometidas a un estrés continuo, “viviendo a un ritmo que no puedes ni con tu alma”, matiza. Todas las noches que duró la travesía las pasaron en la litera del barco, aunque aclara que las que estaban en puerto les sirvieron para hacer cura de sueño puesto que durmieron de un tirón y no en tramos de poco más de dos horas.  También pasaron mucho frío debido principalmente a que hubo momentos en los que iban totalmente mojadas y sentían toda la humedad del mar en sus huesos. 
El trabajo les dejó tiempo para disfrutar del mar, con amaneceres y atardeceres que quedarán grabados en su memoria durante toda la vida. “El mar tiene una gran belleza, cada noche había cielos estrellados y la vía láctea, también hemos visto un montón de estrellas fugaces”,  describe. 
Tuvieron oportunidad de ver animales como calderones, peces luna o delfines y sufrieron en sus carnes la fuerza de las orcas cuando una pareja golpeó en la rueda de timón y obligó a la tripulación a poner el barco a motor y poner millas de por medio. “Una madrugada noté que algo caía en mi mano y, cuando lo iluminé con el frontal, resultó ser un calamar que había saltado por la corriente”, apunta. 
Otro de los momentos más duros fue cruzar el estrecho de Gibraltar, donde tuvieron que ponerse los chalecos y la línea de vida mientras colaboraban todos los miembros de la tripulación en la realización de las maniobras. “El Levante nos pegó muy fuerte y el barco escoraba muchísimo hasta que por fin entramos en el estrecho y llegamos a Málaga, donde les hicieron un bonito recibimiento que compensó el miedo que, por un instante, llegó a pasar Nuria Gómez cuando vio como la cubierta del Green Dragon se puso en vertical.
Pero lo peor de cruzar Gibraltar no fue el viento, sino la sensación terrible de sentir la crueldad de las diferencias sociales entre España y África. “Se me encogió el alma y me pareció desgarrador tener que estar tan desesperado para montarte en una patera y cruzar el estrecho, pero entiendo porque cruzan, se ve tan cerca que se le tiene que pasar por la cabeza a todo el mundo, tu ves las luces de la parte africana y la parte española y están al lado”, relata. Especifica que las diferencias sociales son crueles: “¿Por qué unos tienen todo y otros se tienen que jugar la vida por una diferencia geográfica?”, lamenta.  La tripulación sabía que podía ver pateras y finalmente avistaron una que estaba siendo remolcada por salvamento.
Nuria Gómez todavía tiene el cuerpo cubierto por los moratones que le dejaron los muchos golpes que se dio en cubierta. También le dura la emoción y el orgullo de haber concluido con éxito lo que sin duda será una experiencia vital. 
Lo que sí ha cambiado es la sensación del espacio, porque después de estar en un velero de 21,5 metros de eslora con otras 12 personas ahora su casa le parece inmensa. Eso sí, se ha dado cuenta de las muchas cosas que tiene y las pocas que necesita, para añadir que, con una simple infusión caliente, lograban en el barco una gran sensación de confort. 
Tras casi dos semanas viviendo de comida precocinada, lo que más valoró al llegar a tierra fue poder comerse una ensalada. Durante toda la travesía no comieron productos frescos porque el velero no tenía nevera y relata que “tenía ganas de verde después de tanta fabada en lata y arroz precocinado”.  
Con sus compañeras ha hecho “una piña” y, aunque está en contacto continuo con ellas, confía en poder reencontrarse en diciembre para el estreno del documental que se ha grabado sobre  la Vuelta a España a Vela 2020.
Su familia le ha recibido con los brazos abiertos y con mucho orgullo de que su experiencia personal con el tumor pueda dar fuerzas a otros que ahora están pasando por lo que Nuria sufrió en el pasado, demostrarles que después del cáncer hay mucha vida por delante, tanta que hasta se puede bordear la península a lomos de un velero.