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Sanitarios, pacientes y familiares de víctimas hablan de la covid: convivir con el miedo, la soledad y la pérdida Sanitarios, pacientes y familiares de víctimas hablan de la covid: convivir con el miedo, la soledad y la pérdida
Algunos de los protagonistas del reportaje

Sanitarios, pacientes y familiares de víctimas hablan de la covid: convivir con el miedo, la soledad y la pérdida

Nada será igual para quienes han rozado y rozan la realidad del coronavirus, la plaga contemporánea
Juanjo Francisco

Lágrimas, miedo, ansiedad, soledad y pena son consecuencias, entre otras, de la huella que deja la covid-19 allá por donde pasa y su rastro, un año después de su aparición, lejos de difuminarse se mantiene vivo, latente y dando testimonio de un año que a todos ha estremecido. 

En un tiempo en el que las cifras de contagios y de muertes se han convertido prácticamente en elementos estadísticos, sin más reflujo que la repercusión personal que tienen en cada uno de nosotros, una aproximación indiscriminada a la enfermedad a través de quienes la tratan o la han padecido, deja una sombra de vulnerabilidad que no se sabe cuándo desaparecerá, si es que lo hace. En estos días en los que parece que la incidencia del virus está conteniéndose, cuando todos nos hemos familiarizado ya con la imposición y levantamientos de restricciones, en medio de polémicas varias y con libros y películas en el mercado que divulgan la experiencia del confinamiento, todavía permanecen en carne viva muchas heridas.

Jesús Borau, por ejemplo, intenta ponerse al día sobre la actualidad del país, del mundo, de sus aficiones, de sus amigos y ansía saber novedades sobre su pueblo querido. No está especialmente interesado en la incidencia del coronavirus porque rezuma hartazgo. Y tiene sus razones: 59 días en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Obispo Polanco, más otros muchos en planta del centro sanitario y en el hospital San José le han generado una repulsión mental y casi física por todo lo que tenga que ver con la enfermedad.

La inmensa pena

En el salón de su casa reposa un libro de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte, una figura taurina de renombre, icono máximo de una de sus muchas aficiones. Está animado y quiere contar su experiencia. Fuerza su natural simpatía para que esa lágrima impertinente no le impida expresar bien lo que quiere decir. “Me sentí morir. Me vi muy mal, sentí una inmensa pena y solo esperaba que llegara mi hijo para decirle que me iba, que me moría, y pensaba tanto en todo aquello que dejaba...”, recuerda.

Borau es médico jubilado y su formación profesional no le sirvió de nada a la hora de afrontar lo que se le vino encima. A mediados de marzo, en muy pocos días y tras un viaje corto al sur, se adentró en cuidados intensivos. Ahora recuerda retazos de lo que él llama “sueños”, ensoñaciones quizá de ese duermevela inducido en el que sí creyó escuchar como un médico anónimo le explicaba que sufría una “polineuropatía que te está afectando, al sistema nervioso, respiratorio y articular”, todo en un tono muy clínico, propio de quien no es profano en esto de la salud. En esos sueños “aparece mucha gente que viene y que va, que no conozco”, detalla. Nada importa ya, no obstante, más allá de la lucha por recuperarse, por volver a “andar como la gente normal”, por echarse la escopeta al hombro monte a través, jugar al guiñote entre amigos o la jota, esa otra pasión escondida que alimenta su afán por vivir. “La vida es algo que no sé si sabemos valorar en lo que se merece”, reflexiona antes de que no se le olvide transmitir al periodista que quiere dar “gracias” a todos los que le ayudaron en el trance, desconocidos muchos y conocidos otros. A todos. 

“Soy creyente, rezo, y eso me ha servido en la lucha y rezo también por todos aquellos que se implicaron conmigo”. Su oración también tiene una orientación especialmente dolorosa: dos colegas de profesión, dos amigos, que han muerto víctimas de la enfermedad: Melchor Guillén y José Luis Martínez.

Sobre la importancia o no de las creencias religiosas en el frente anti covid-19 nada dijeron, porque nada se les preguntó, Isabel Marqués y Clara Hernández, enfermeras de intensivos y con cuerpos vapuleados tras un año de brega. Marqués, 33 años de profesión a la espalda, acaba de jubilarse en el ínterin entre la segunda y la tercera ola, pero todo está reciente en su cabeza. La juventud de Clara Hernández es evidente a pesar de acumular ya 15 años de currículum laboral. Ambas fueron sometidas, hace justo un año, a un aprendizaje acelerado sobre cómo conjugar el conocimiento profesional con la catarata emocional que se les venía encima. Bajo las sacudidas de los contagios masivos, la carencia de materiales y la premura médica que requerían los pacientes, estalló el miedo y la desorientación.

“No sabíamos ni poco ni mucho del tema, nada. De repente empezaron a llegar enfermos, con unos cuadros que no habíamos visto nunca, habíamos trabajado con mascarillas y con aislamientos con ciertos pacientes, pero nada sabíamos de los equipos de protección tan habituales ahora”, rememora Marqués. Y allí comenzó una dura aventura.

De las improvisaciones tempranas para ganar tiempo al tiempo, de las soluciones sobre la marcha y a pie de trinchera y con el recuerdo de unos días donde se estaba a pie de cama, se pasó al cristal separador, al seguimiento por monitores, a las alarmas, al box impenetrable salvo al resguardo de un EPI. Y, a partir de aquellos momentos, un devenir de sensaciones que sigue en la actualidad.

“Hace un año vivimos el miedo a lo desconocido, a nuestra vulnerabilidad y a la de nuestras familias, a la información sobre la gran cantidad de muertes, a la gravedad de lo que se te viene encima. He vivido los tiempos de la psicosis del sida, de la gripe A, del ébola, pero nada ha sido parecido a esta alerta máxima de ahora”, explica Marqués.

Clara e Isabel se miran brevemente tras la descripción somera que acaba de hacer la segunda, que prosigue: “La sensación de trabajar en esta pandemia, sobre todo en sus inicios, es la propia, supongo, que experimentan las enfermeras en una guerra porque la medicina que aplicas a un contagiado se enfrenta a varias tipologías de casos y se intentan cosas y unos pacientes ganan y otros se van, como en la medicina de guerra”.

En esta dinámica de verbalizar reflexiones, a Clara Hernández la pregunta sobre si se siente o no mejor enfermera que hace un año, no le pilla de nuevas. No lo sabe, dice. “Sí que tengo claro   -prosigue- que me he sentido vulnerable y que esa sensación no la había sentido antes, no vivíamos la frecuencia de ver morir a pacientes de 50 años y ahora sí lo estamos viendo”. Vulnerabilidad va asociada a miedo, por eso Isabel Marqués abunda en el hecho de haber vivido “una situación que te desborda, que los enfermos se mueren, que te sientes insegura y así sientes también a tu familia y así se sigue después de un año de pandemia”, detalla. Y Clara, por su parte, no sabría definir exactamente si ha pasado miedo o no, lo que sí siente es el “trabajo físico brutal” que ha padecido y que asume porque no le queda otra. Lo que no asume es “el castigo psicológico” que supone preguntarse “si serás capaz o no de asumir situaciones duras, como cuando entran los familiares, lo que al principio no ocurría, y ven lo que ven; eso me cuesta mucho”, confiesa, y “lo peor son las despedidas, tampoco estaba acostumbrada a ellas, sobre todo de gente joven”.

Ambas enfermeras recuerdan ese “estremecimiento” que les recorre el cuerpo al evocar a ese paciente intubado que será inducido a una “soledad” inconsciente sin garantías de vuelta a la realidad y el pleno conocimiento que sus cercanos tienen de esto. “Tiene que ser durísimo para la familias”, confiesa Isabel.

¿Qué os dicen ahora -pregunto- aquellos meses de los famosos aplausos?, ¿os han servido en el día a día de este año tan largo?, interrogo. A Isabel no le han servido de nada. “Al principio se me ponía la piel de gallina, pero luego ya tuve claro que se trató de un postureo visto como hemos visto las muestras de inconsciencia social. En ningún momento me sentí heroína porque no lo soy. Un héroe hace hazañas extraordinarias, nosotras simplemente hemos cumplido con nuestro trabajo y, si hay que considerar un aplauso, que sea también para la gente que trabaja en los supermercados, para los policías, para los maestros...de verdad, lo de los aplausos no me ayudó”.

La concienciación social

Trabajar en intensivos, en la frontera entre la vida y la muerte, podría invitar a hacerse muchas consideraciones personales, sobre todo cuando estas enfermeras observan las calles, ven la televisión o leen sobre tal o cual dislate social, contrario a la más elemental medida de precaución. En qué medida influyen esas escenas en el ánimo de las sanitarias, si les dificulta o no su tarea diaria, es una cuestión que no presenta disyuntivas: “Pararnos a pensar en eso no nos ayuda. Sí hay momentos en los que te cabreas, que sientes rabia, que sales a dar una vuelta y ves determinados comportamientos... me he cuestionado si esos estados de ánimo me ayudan y no. No lo hacen, porque vienes a la UCI y tienes que lanzarte de plano a cuidar a los pacientes lo mejor que sabes, no puedes estar mediatizada por nada”, confiesa Clara. E Isabel va en esa misma línea argumental: “A mí me indigna mucho, me da rabia, no soporto al negacionista y ahora, cuando veo las cosas como profesional, como paciente y con una visión desde fuera del hospital, me indigna muchísimo”, puntualiza.

Que el virus y la sociedad por la que se expande son un binomio indisoluble en brega constante, a la búsqueda de una solución pacificadora, es una realidad que ya dura un año. ¿La concienciación social ayudaría a romper esa lucha?. “No sé si esto se resuelve con conciencia social, tengo dudas. ¿Si todo el mundo tomara medidas esto se acabaría? pues no lo sé”, confiesa Clara, pero Isabel va más allá y tiene claro que la esperanza está en la vacuna. “Si hay un punto de esperanza son las vacunas porque podemos frenar el virus, no acabar con él, pero sí cronificarlo como se ha hecho con otras patologías. Esto se va a quedar con nosotros. Lo importante es que tengamos los medios suficientes para frenar esta barbaridad de muertes”, detalla.

¿Seria morboso por mi parte preguntaros sobre cómo lleváis vivir tan cerca de la muerte? Lanzo la pregunta. Detecto una mirada cómplice entre las enfermeras y Clara es la primera en responder: “No es morboso el tema, es una pregunta que debería hacerse mucha gente y de todas las edades, sobre la posibilidad de morir; no se puede aparcar ahora esa reflexión, por eso cuesta tanto asumir esto”. Isabel reconoce que como enfermera de UCI la muerte “es lo que más me ha costado asumir, siempre, pero ahora, sobre todo en la primera ola de la pandemia, cuando los familiares no podían entrar a despedirse, ha sido especialmente duro observar la muerte en el aislamiento y la soledad, es durísimo”. Y apunta Clara: “Hay gente que ha dejado a su padre, a su madre o otro familiar cercano en urgencias porque tenía fiebre y ya no lo ha vuelto a ver”. Insiste Isabel: “En esta situación no es que ya no tengas la posibilidad de tocar a ese ser querido que se va, es que tampoco lo ves y mucho menos puedes despedirte diciéndole cosas que nunca le has dicho; para mí, estas situaciones son las más duras, más que la muerte en sí misma”. 

La reflexiones compartidas acerca de la muerte por las dos enfermeras las cierra Clara con una tétrica premonición: “Pronto se verán las secuelas de la falta de duelos, del sufrimiento que tiene toda esa gente que no se ha podido despedir de los suyos. Esto dejará secuelas que durarán años”.

De la desolación personal que sufre quien ha perdido a su padre en las circunstancias y condicionantes que marca el virus sí sabe bien Concha Ortiz. Su caso concita varias desdichas que confluyen en una muerte especialmente dolorosa. Llegó en la segunda ola, en vísperas prácticamente de la llegada de las vacunas a las residencias de mayores y después de varios meses de aislamiento en soledad, como medida preventiva, de un hombre amado por sus hijos y nietos y plenamente consciente de la incapacidad física de devolver ese amor porque no podía salir del centro y los suyos no podían acercarse a él. 

“Esta es la enfermedad del miedo, no asimilas nada y lo primero es entender que has pillado el virus. Imagínate que te dicen que has salido positivo, entras en pánico porque no sabes cómo va a reaccionar tu cuerpo, te asusta ya el primer dolor de cabeza”, explica Concha, a modo de introducción, para ponerte en situación sobre su reacción a aquella llamada que recibió poco después del Pilar, en la que un responsable de la residencia donde vivía Andrés le comunica el positivo del padre, un hombre de 88 años en plenas facultades mentales. “Después de sentir el miedo tienes que asumir lo que conlleva el contagio: aislamiento. Una persona de 88 años, sola en su habitación, atendida por gente enmascarada y enfundada en EPIs. Él me lo pudo explicar todo por teléfono”, confiesa.

Del desenlace final, entre otras consideraciones que detallará más tarde, Concha quiere recordar que está “contenta” de cómo trataron a su padre. “Lo hicieron muy bien, no puedo decir nada contra la residencia, al revés. Cuando se desata un positivo en una residencia el miedo se extiende y mi padre lo notaba alrededor, me lo dijo”.

La muerte de Andrés se desencadenó en apenas veinte días, después de aguardar tres hasta que fue trasladado a urgencias hospitalarias. Su hija Concha nunca pudo verlo pero sí asistió, a través del teléfono, a ese tránsito fatal y la experiencia la describe como algo brutal, un puñetazo emocional que lo sentirá durante toda su vida. “Me considero fuerte mentalmente, he sufrido, pero esto no me ha hecho más miedosa. Sí creo que hay que disfrutar más del hoy porque el mañana no sabemos qué traerá”, dice. Que sus ojos se humedezcan es del todo comprensible si se la escucha bien. “Cuando hablaba con él, en la soledad de la habitación de la residencia, se le caía el teléfono de las manos, no podía sujetarlo. Él fue un hombre que nunca se quejó, que aguantaba todo, y mientras pudo supo decirme: ‘Hija, qué me pasa, estoy muy mal, esto que me noto no me ha pasado nunca, tengo miedo”. Concha escuchó esto al teléfono mientras pudo comunicarse con su padre. Luego ya todo fue a través de terceros, bien en la residencia, bien en el hospital.

“El doctor Rubio estuvo dándome novedades al término de su jornada laboral durante 20 días. Solo me queda agradecimiento para todos los que lo atendieron en el hospital y en la residencia, no me queda ningún rencor, no podemos culpar a nadie. Lo lavaban ya infectado, le daban la comida, lo incorporaban, todo esto tiene que ser muy duro para el personal que trabaja con contagiados, que prácticamente son como apestados, y que tienen hijos y familiares en casa. Todas esas tareas son impagables”, reflexiona la hija de un hombre que murió a escasas fechas de que, tanto el personal como los residentes en el centro donde vivía fuesen vacunados.

Ahora Concha, mientras indaga en su interior en cómo digerir el duelo que nunca pudo exteriorizar, que no pudo ponerlo en práctica a la usanza habitual, confiesa al periodista que el virus ha destapado la vulnerabilidad de todos nosotros. “Nos creíamos fuertes y el covid se ha cargado todo: desde la forma de vida, la economía, a las costumbres de familia. Me siento más frágil y también sentiría lo mismo aunque mi padre no hubiera muerto”.

Si Concha confiesa sentirse como otra persona distinta a la que fue, la auxiliar de enfermería Amparo Sánchez no tiene reparos en decir que en estos días, tras un año de pandemia, está volviendo progresivamente a ser la persona que fue. 

Trabajando en esa mastodóntica residencia de ancianos de la carretera de Castralvo desde 1992, Amparo es inmune al espanto. Inmune pero también precavida hasta el extremo; incluso doce meses después del comienzo de esta especie de plaga bíblica que es el coronavirus, ella mantiene la guardia tan alta como el primer día. Y así piensa seguir.

Decir que Amparo desborda energía es quedarse corto. Y toda esa carga vital es necesaria para tratar con los residentes que padecen alzhéimer, un colectivo en el que vuelca sus cuidados esta profesional. “¿Qué cómo me siento un año después de que comenzará todo? -repite el enunciado de la pregunta que le he formulado-, pues te digo que ahora estoy volviendo poco a poco a ser la persona que fui”, contesta. 

Y sigo escuchando. “Hay dos emociones que dominan en el ser humano: el amor y el miedo. A mí me inundó el miedo y creo que también al resto de sanitarios, supongo”. Cuando todo estalló “no sabías a lo que te enfrentabas, no teníamos material” recuerda Amparo de aquellos primeros días de una infección que ha golpeado bien a las residencias de ancianos, en el ojo del huracán durante muchos meses. Teruel no ha sido ajena a la enorme mortalidad contabilizada en esos centros hasta que las vacunas han puesto freno a la catarata de víctimas.

Los residentes con alzhéimer que atiende Amparo también captaron el nerviosismo del ambiente que los rodeaba en aquellos días. “No son conscientes de nada pero sí notaron cosas. Pasaron de vernos con batas a vernos con mascarillas, gorros, gafas, EPIs y a la hora de comunicarnos con ellos teníamos dificultades por las protecciones”, recuerda. La auxiliar explica que en aquellos primeros meses el centro estuvo bajo control, pero después del verano todo se desbordó. “Teníamos y tenemos un cuidado extremo, somos meticulosos, yo ya no tengo vida social porque si tú no te cuidas no puedes cuidar a los demás. La precaución es doblemente necesaria, por los pacientes y luego por la familia”.

Sobre todo lo vivido en la residencia Javalambre, Sánchez quiere destacar la “impotencia” que genera en el profesional el hecho de que el familiar no pueda ver al anciano. “Muchos mayores han muerto por el virus, pero otros han muerto de pena y de tristeza por la soledad vivida, muchos se han ido sin ver a su familia”, cuenta.

Hay un coste personal en los trabajadores de residencias, eso parece indefectible. Amparo lo corrobora de una manera muy gráfica: “Mi familia está harta de mi vigilancia sanitaria en el hogar que la llevo a rajatabla, mis compañeros también llevan hasta el extremo las precauciones, chapeau por ellos. Tengo que decir que somos un equipo conjuntado”, recalca.

Sobre el devenir de la pandemia Amparo se confiesa ignorante. “Nadie sabe por dónde va a salir esto. Con la vacuna la gente ha respirado, empieza a relajarse, pero no hay que confiarse, no hay que perder la perspectiva de lo sucedido”, advierte esta auxiliar. Basado en la experiencia vivida, Amparo Sánchez, da un consejo: “Ser responsables de nuestros actos”, y confiesa también, a modo de aviso para navegantes, que “la muerte es una posibilidad cercana”, muy perceptible ahora en la realidad cercana del día a día.