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Raquel Fuertes

Llevo casi quince años escribiendo al menos una columna a la semana. Esa experiencia me ha permitido adquirir cierta agilidad: escribo el titular y el resto de las casi 400 palabras fluyen con rapidez. Hay revisiones, correcciones y siempre quedan opciones para que sobreviva alguna errata. Pero todo transcurre sin sobresaltos y sin interrupciones. Solo recuerdo haberme quedado una vez mirando a la pantalla en blanco sin saber cómo continuar. Y hoy. Ha sido poner la palabra “errores” y no saber por dónde tirar. Mientras normalmente todo lo que quiero expresar se apelotona en mis dedos sobre el teclado, hoy he enmudecido. Y he acudido al diccionario para corroborar que un error es un concepto o acción equivocado. Claro, la clave está en equivocarse. Si de eso se trata, debo constatar que estoy a punto de conseguir el reinado o la suscripción premium (según sean ustedes monárquicos o cautivos del entorno virtual). Pero no me siento sola. Estoy segura de que la competencia es dura para subir a ese podio de desatinos más o menos rutinarios de consecuencias más o menos catastróficas.

La acumulación de equivocaciones a lo largo de la vida de cualquiera crea poso, pero también puntos de inflexión cuando se busca la subsanación, el tapado o el dejar atrás la metedura de pata. En cierto modo, cada error origina una crisis de mayor o menor magnitud que actúa como detonante que nos impulsa al cambio. Aunque algunos se empeñan en llevar una vida lineal, sin caminos alternativos, sin tropiezos ni sobresaltos, la verdad es que esa rectitud puede llevar al tedio más absoluto. Algo que, a fin de cuentas y mal gestionado, se convierte en una forma de muerte en vida. ¿O no? Leía hoy en una de esas recomendaciones de psicólogos,  que la inestabilidad es necesaria, que no se puede pretender que todo esté en un perfecto equilibrio. ¿Qué mejor, entonces, que ser consciente de los errores para mantener el control incluso en el desequilibrio? Tampoco se trata de forzar el error. Masoquismo, el justo. Pero tampoco está nada mal llegar a un momento vital en el que nos concedamos permiso para cometer y asumir errores, incluso regodearnos en ellos si es inevitable, y luego tener la fortaleza para afrontar sus consecuencias y seguir adelante. Gestión de errores. Algunos lo llaman madurar. Otros, vivir.