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Raquel Fuertes

La he visto tantas veces que la reconozco sin necesidad de ver. La intuyo y, lo reconozco, la rehúyo instintivamente, intentando no mirarla de frente porque se te clava y te la llevas encima en forma de dolor de corazón.
Puede pasarte con gente más joven, pero ahí aún ves salidas: cuando quedan décadas por delante muy mal ha de darse todo para no acabar levantando cabeza. Pero cuando la mirada la trae alguien de cuarenta y todos o cincuenta y la madre, la angustia te supera.
Son gente en lo mejor de su vida en muchas facetas: experiencia, pero con capacidad de adaptación a lo nuevo; juicio, pero sin hacer ascos al riesgo; conocimiento, pero con la vanidad justa para reconocer lo que aún no saben; familia, pero con las ataduras justas. En definitiva, el empleado perfecto… si alguien le da una oportunidad.
Un traspiés. Un proyecto que no salió bien. Un ERE a deshoras. Cualquier interrupción en una vida laboral que pudo discurrir con brillantez y sin mácula y que detuvo en el peor momento (si es que alguna vez es bueno) los días de cotización a la Seguridad Social.
Muchos (menos mal) consiguen hacer valer su experiencia, juicio, conocimiento y disponibilidad y convierten esa interrupción en lo que debería ser para todos: un cambio y un volver a empezar que les abre las puertas de la madurez con energías renovadas frente a proyectos que devuelven la ilusión. Sí, esto les acaba pasando a muchos. Incluso algunos que llegaron a descubrir en sí mismos esa mirada.
Hay otros, en cambio, para los que el paréntesis se eterniza. El miedo a que esa precaria provisionalidad se convierta en algo definitivo con forma de prestación no contributiva rondando los 400 euros acaba convirtiéndose en un pánico con el que hay que vivir y dormir.
Vienen, hablan contigo, te miran con esos ojos tristes en los que la dignidad se abre paso para reivindicar todo lo que hay detrás, experiencia y potencial, y te desmontan porque sabes que no puedes hacer nada, que no tienes la varita con la oportunidad que, sin pedírtelo, te están pidiendo. Como la pediste tú tiempo atrás. Y esperas que alguien más vea esos ojos, ese potencial y sí tenga la posibilidad de abrirle una nueva puerta. ¿No has visto nunca esa mirada? Ojalá nunca tengas que verla mirándote al espejo cada mañana. Porque existir, existe.