Síguenos
Raquel Fuertes

Caminaba este martes por una céntrica calle de Valencia cuando oigo a mis espaldas un par de mujeres comentando: “Ojalá que gane y con mayoría para gobernar sola”. He dicho Valencia, han leído bien, aunque de quien hablaban, como imaginarán era de Isabel Díaz Ayuso, presidenta en funciones de la Comunidad de Madrid y candidata.
Aparte de mis filias y fobias ideológicas y personales, con objetividad, he de admitir que el órdago convertido en plebiscito que planteó en marzo, en plena tormenta de Murcia, parecía una maniobra de kamikaze y ha acabado convirtiéndose en lo que ella buscaba: una ceremonia de coronación.
Sola (no hace más que repetir que no tiene novio) asume el trono de un Madrid que ha reubicado como centro del universo (tal vez por la coincidencia con el día de Star Wars) alrededor del cual pivotamos las pobres gentes de provincias que no sabemos dónde tomarnos una caña y vivimos en un ay constante por si nos cruzamos con nuestros ex.
Haciendo suyo y redefiniendo a su medida y conveniencia el vocablo “libertad”, Ayuso ha conseguido unanimidad en los titulares del día después: “arrasa”. Y no solo duplicando escaños con creces, sino que ha eliminado a Ciudadanos, ha amansado a Vox, ha convertido a Gabilondo en un ángel caído (discúlpenme el chiste fácil), ha precipitado la salida de la política (primero nacional y luego total) de Iglesias y solo ha encontrado una digna contrincante en la “médico y madre” (ha sobreexpuesto estos roles en campaña, no lo necesitaba para convencer) Mónica García.
Así que sí, Ayuso se ha convertido en una nueva Atila, y no ha dejado a su paso más que una estela (aquí me voy a significar) quizás incomprensible de admiración y devoción. Porque el votante de Ayuso es más un devoto de su figura que un militante del PP. Y Casado se equivoca, como se equivocó al ocupar cámara y balcón la noche triunfal: la noche era de ella y el triunfo también. No haga extrapolaciones que no son, don Pablo. Los votos a Isabel son propiedad absoluta de ella. Ella es la elegida por un pueblo que, acudiendo en masa a votar y celebrando la última fiesta de Génova (ay la covid…), la ha convertido en su reina para, cómo no, “gobernar en libertad”. Madrid (y solo Madrid) la ha elegido después de una campaña bronca, inútil y antiética: Isabel III. A disfrutar de lo votado.