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Raquel Fuertes

Cualquiera con hijos sabrá que esto puede pasarle a cualquiera. Hace un par de años mi hijo estudiaba. Acababa el curso y tenía que hacer un vuelo desde Florida a Nueva York (¿a que les parece un viaje de ciencia ficción ahora mismo?). Le tuve que acompañar (“sacrificios” como ese nos gustaría poder hacer hoy en día…) y ya saben cómo son los americanos después del 11-S. Venga controles de seguridad, arcos, rayos x… Yo qué sé. Hasta me quitaron de la salida de emergencia gracias a mi “inglés nivel medio”.

Aterrizados en la capital del mundo, con las maletas abandonadas en un fast-food que hacía las veces de consigna nos fuimos mi hijo, nuestras mochilas y yo a ver la Gran Manzana cual Paco Martínez Soria. Llegamos a un edificio histórico de esos que solo salen en las películas. Hartos de andar y agotados del vuelo nocturno, nos pareció buen plan visitarlo. Hasta que los guardias de seguridad, al ver pasar por el detector la mochila de mi hijo, esa con la que se había sentado (él sí) en la salida de emergencia del avión nos dijeron que no podíamos pasar porque había unas tijeras dentro. Mientras mi hijo me traducía yo ponía caras de “imposible, hemos recorrido medio país con esto”, pero sí: la mochila de mi hijo llevaba estratos de tres trimestres académicos y en el primero, al fondo, se quedaron unas tijeras de tamaño considerable con las que podríamos haber secuestrado (según patrón de película serie B) el avión. A pesar de toda la liturgia de seguridad y por mucho que nos hubiésemos descalzado y casi desnudado en el aeropuerto. Todo mentira.

Liturgias como esas, inútiles, pero que nos hacen sentir más seguros frente a un mal mayor, parece que van a ser algunos de los rituales de limpieza y desinfección exhaustivas frente al maldito bicho. A mí estas liturgias piadosas ya me han costado dejar las manos en puro pellejo. Sin embargo, a estas alturas, con lo vivido y lo que parece que nos queda, ¿quién se atreve a dejar de limpiarlo todo y no lavarse las manos compulsivamente? Por si acaso, mientras se aclaran, yo seguiría con hidrogel y liturgias higiénicas. Perdida la belleza de las manos ya la tenemos y la alternativa, por mucho que haya bajado la IA, es chunga. Mucho. Cuídense. Al menos hasta el siguiente estudio de expertos.