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Raquel Fuertes

A veces parece que hemos creado un universo mágico, una suerte de metaverso de color pastel lleno de eslóganes Mr. Wonderful que en algún momento podemos pensar que vivimos en una peli de Navidad y que, si deseamos algo con intensidad, con fuerza y con el corazón (por favor, impregnen estas líneas de ironía), lo conseguiremos. Porque sí. Porque nos lo merecemos.

Porque el mundo funciona así: basta con desear algo para conseguirlo. Un amor, un trabajo o una conexión wifi ultrarrápida. Lo que sea. Nada tiene que ver con el esfuerzo, el trabajo o el largo camino lleno de obstáculos, curvas y sorpresas más o menos agradables. Solo con el querer. “Quiero, tengo”.

Alimentamos los sueños de los jóvenes con mensajes constantes de “Si quieres, puedes” sin añadir que detrás de cada logro suele haber muchas horas de estudio, bastantes tropiezos, algunos desengaños y cantidades ingentes de frustración. Por no hablar de los límites con nuestros semejantes. Lejos quedan los mensajes de “si te caes 100 veces, levántate 101” porque, directamente, no les dejamos caer. Nos da tanto miedo que sufran, que lo pasen mal, que sientan en su piel la punzada de la angustia, que les ponemos la red ante la posibilidad de cualquier caída. Como si no fueran a sufrir más cuando la vida les empuje (que llegará) y no sepan levantarse porque no les hemos permitido aprender a superar las dificultades y, en definitiva, a vivir.

Ojo, no estoy libre de pecado y no me considero una educadora ejemplar. Para nada. Pero soy de la época anterior a ese magical thinking y sé que, aunque apriete los puños y desee algo (o se lo pida al dichoso Santa Claus, como gusten), nada sucederá sin esfuerzo. Y eso vale para casi todo. Así y todo, muchas veces las cosas no salen y todos caemos una y mil veces. Cierto que saboreamos cada logro porque sabemos lo que cuesta. Esto no es (solo) un discurso de señora hacia los jóvenes. También es aplicable a esos políticos bienintencionados que, queriendo hacer lo que consideran correcto, no ponen los medios suficientes como para no acabar metiendo la pata y consiguen quizás lo contrario de lo que buscaban. Ser profesional puede no ser cuestión de edad, pero sí siempre de esfuerzo y dedicación.