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Ni siquiera la tormenta Ni siquiera la tormenta

Ni siquiera la tormenta

Raquel Fuertes

Si tuviera que elegir qué día del año no quiero ser, elegiría, sin dudar, el 31 de agosto. Aunque aún sea verano (y aún quede verano) es el día que marca el final de ese paréntesis donde se rebajan las obligaciones, se diluyen exigencias y, por qué no, nos sentimos un poco más libres.

Este año, poco, desde luego. Porque a cada pequeña licencia le seguía el sentimiento de culpa y la duda de si el covid coronaría ese momento de libertad. ¡Ay! Aun así, aun con esta contención, el verano siempre merece la pena. ¿Hay un día más triste per se que el 31 de agosto cuando, además, es lunes de pandemia? Me río yo del blue Monday que se han inventado los anglosajones.

Antes, con las tormentas, agosto empezaba a avisar antes en la segunda quincena. “No te descuides, aprovecha cada momento que en unos días me voy y volverás a convertirte en abnegada sirvienta”, parecían decir aquellos truenos. Este año, cuando sabemos menos que nunca qué nos vamos a encontrar, donde yo estaba ni siquiera tuvimos esa explosión climatológica que después dejaba un atardecer con aroma a tierra mojada (el olor favorito de la mayoría de la gente, según los marketinianos) y una noche fresca que invitaba a arrebujarse en las sábanas… ¡Ay!

Las tormentas (buenas y, menos mal, malas) se saltaron Teruel este año en el que solo nos falta una buena sequía para redondear la tristeza y la sensación de desamparo. Porque para crear ese ámbito de desánimo ya tenemos al maldito bicho y a los que nos ¿gobiernan? Si no tienen el poder se lamentan y aducen que lo harían mucho mejor. Si lo tienen, constatan que esto es muy difícil de manejar y que mejor que se encarguen (y se desgasten) los otros.

Ni autonomías, ni ayuntamientos, ni gobierno central. Esta patata caliente (también conocida como “marrón”) en la que se ha convertido la gestión sanitaria-económica-social hace que los ciudadanos (de todo color, clase y condición, que en la enfermedad no hay distingos) nos sintamos así: tristes y desamparados.

Así, ha llegado septiembre y en la vuelta a la realidad nos enfrentamos solos a la incertidumbre propia de lo desconocido y de los malos tiempos sin que, siquiera, nos avisara la tormenta.