Síguenos
Raquel Fuertes

Te levantas como cualquier otro día. Después de una noche con los mismos insomnios, apneas, pesadillas... O después de ese sueño profundo y reparador al que acostumbras. Para lo que se te viene encima tanto da seas insomne o duermas a pierna suelta.

No sabes cómo esa conversación que también parecía como cualquier otra acaba de esa manera. Habéis roto.

Tal vez haya sido un cobarde, pero compasivo, “No eres tú, soy yo” en el que la otra parte intenta dejarte al menos libre de culpa, aunque lo más seguro es que hayáis sido los dos y que la cosa pintara mal desde hace tiempo.

Si sois de los de eufemismos como el anterior, pero lo desgastado era la relación, tal vez hayáis optado por la versión consensuada de “Lo mejor será que nos demos un tiempo”, cuando los dos sabéis que prórrogas con gol de Iniesta solo pasan una vez en la vida. Al menos os habéis evitado el sofocón.

La otra versión del tiempo, en modo unipersonal, es “Necesito tiempo para poner en orden mis ideas”. No te da el bofetón de realidad y traducido es que no sabe cómo decirte lo que viene en la siguiente versión.

“Ya no te quiero”. ¿Duro, eh? “Me he desenamorado”, “Creo que no siento lo mismo que tú”, “No siento lo mismo que antes”… Varias versiones que, en el fondo, e igual que la anterior, vienen a decir: “Me he cansado de esta relación. Adiós”.

La versión más cruel es el “¿Sabes?, no te he querido nunca”, pero ese lo dejamos a un lado para no ponernos en el modo supremo de dramatismo.

Y luego están las confesiones. Desde el contar algo que ocurrió cuando la noche confunde los sentidos y que tal vez no hubiera tenido más trascendencia hasta el “Hace tiempo que veo con otros ojos a… y me ha hecho dudar de lo nuestro”. En realidad, versiones del “Me he cansado” con algo de literatura detrás que hará que nuestro ex pueda crear su particular muñeco para practicar vudú (mental o real). Qué bien viene un tercero como culpable...

Llegados a este punto, en cualquier modalidad, en mayor o menor grado, nos encontraremos con al menos un corazón roto. Lo mejor, aplicar la técnica japonesa del kintsugi y pegar con oro los trocitos. Una vez recompuesto, con paciencia y tras el dolor, seguirá funcionando. Más bello y fuerte que nunca.