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Raquel Fuertes

En casa de mis abuelos se comía a las 2. Era sagrado y así lo heredamos en casa de mis padres. Esas viejas costumbres de comer todos en la misma mesa y a la misma hora se han ido diluyendo y la mesa se parece más al “colchón taciturno que usar por turnos” de la canción que al centro de reunión de la familia. Y lo de las 2, pura utopía.

Pero, ¿saben qué les digo? Que, mirando los tramos horarios de los precios de la luz, casi que mejor: unas lentejas a fuego lento o un buen asado para sacar a la mesa entre semana a las 2 en punto pueden salir más caros que irse de menú al bar de la esquina.

Por no hablar de todos esos gestos que ahora se convierten en osadía: poner la lavadora para tender al sol de la mañana, conectar el lavavajillas después de comer (esto es horario intermedio, no entra en temeridad extrema, pero casi) o dedicar una tarde a la plancha (porque de repente parece que soy la única persona que evita la plancha con uñas y dientes). Gestos que pasan a convertirse en rutinas solo al alcance de los amantes del lujo.

Y poco se habla estos días de la nevera. Ese vampiro silencioso que permanece enchufado sin descanso y que ahora más que refrigerar alimentos se va a dedicar a enfriar nuestras cuentas. Definitivamente, con el coronavirus en jaque, de lo que nos damos cuenta ahora es de que éramos energéticamente felices y no lo sabíamos. Hemos disfrutado de las comodidades de nuestra era por encima de nuestras posibilidades y ahora es cuando vamos a empezar a pagar, con sudor.

Porque este verano va a ser un festival del humor. Ya se anuncia como un verano más cálido de lo normal y si hemos de limitar el aire acondicionado al máximo de 8 a 14 y de 18 a 22 horas, ¿se hacen una idea de las tensiones que vamos a experimentar? Un año largo trabajando desde casa, eligiendo pijama, chándal o, directamente, en cueros, soledad mediante, para volver a una oficina en la que aguantar no solo al compañero pesado sino también la chicharrina. Como para desear no haberse vacunado.

Así, tendremos que desterrar viejas costumbres y desenterrar viejos fantasmas, como el de la inflación, que volverán a iluminar nuestras pesadillas. Espero que en hora valle.