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En la noche del lunes falleció el periodista onubense Jesús Quintero. A las horas en que ustedes lean esta columna, y dada la fugacidad del mundo en que vivimos, esto ya no es noticia.

No es que me pueda considerar yo uno de sus seguidores, aunque uno de mis mejores amigos sí que lo es, y alguna vez se ha permitido compartir conmigo alguna de sus reflexiones y monólogos, que me ha permitido acercarme ligeramente a su obra.

Como en este país no hay nada mejor que morirse para que hablen bien de uno, las redes sociales se llenaron desde ese momento de algunos fragmentos de los monólogos y entrevistas de Quintero. Me permito reproducirles, a continuación, un breve extracto de uno, que me regaló mi amigo anoche, y que me hizo reflexionar. Está extraído del programa de La 1 El Loco de la Colina; ¿sería muy ingenuo preguntarnos si cabría en la televisión de hoy en día un programa así? Y, sobre todo, ¿tendría audiencia? Dice así:

“El único pecado imperdonable es no vivir, entregarse a una muerte anticipada, mientras la sangre corre por nuestras venas. (…) Vivir es ser y conocer, saber por propia experiencia qué es el amor, a qué saben los besos. (…) Vivir es saber qué se siente cuando un amigo nos pone una mano en el hombro, cuando llega el momento de una despedida".

Vivir es estar vivo y parecerlo. Saltar cada mañana como si todo fuera nuevo, como si fuera el primer día, aprovechar cada momento como si fuera el último, porque el instante que se va, no vuelve. Mientras el cuerpo aguante, exprime la vida”.

Y ese pequeño extracto me llevó a pensar en la principal ventaja de vivir en una ciudad pequeña: que nos da más tiempo a vivir. Aquellos que hemos crecido en una ciudad grande naturalizamos, quizá sin pararnos a pensarlo demasiado, el hecho de emplear horas y horas semanales en desplazamientos, atascos, etc.

No me malinterpreten: adoro mi ciudad, me encanta Madrid, y disfruté mucho de los años que viví allí, y de todas sus cosas buenas.

Sin embargo, tras más de trece años viviendo ya entre Teruel y Palencia, dos de las capitales de la España Vaciada, creo que el tiempo es un lujo demasiado preciado como para perderlo en atascos y en prisas por un “no llego a tiempo a la dichosa reunión”.

Las ciudades pequeñas tienen el problema evidente de la falta de ciertos servicios esenciales (ya hablaremos de eso otro día), pero, a cambio, nos regalan a los ciudadanos un privilegio al que no le prestamos demasiada atención: tiempo, tiempo para vivir. Tiempo para emplearlo en lo que queramos. Y mucho silencio, como el que empleaba magistralmente Quintero, dicho sea de paso.

Y eso nos da la obligación moral de aprovechar ese tiempo. Porque, en otro de sus monólogos más aplaudidos estos días en redes sociales, nos daba un toque de atención sobre la importancia de la cultura, de ejercitar el músculo más importante de nuestro cuerpo: el cerebro. Porque la cultura nos hace libres, menos manejables.

Llamaba la atención sobre una gran masa de gente que no lee, que no se acerca a nada que huela a cultura (“Los analfabetos de hoy son los peores: han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero no ejercen. El mundo entero se hace a medida de esta nueva mayoría: todo es superficial, primario y frívolo. Son socialmente la clase dominante, aunque por ese analfabetismo e incultura, serán siempre la clase dominada”).

Creo, en definitiva, que el secreto está en saber aprovechar las cosas buenas del lugar donde uno vive, saber ser feliz con lo que uno tiene y con aquellas posibilidades que a uno le brindan la vida y su entorno.

Y, como decía Quintero en el monólogo con el que abría esta columna, aprovechar cada momento como si fuera el último, porque el momento que se va, no vuelve.

Amigos lectores, disfruten y vivan, pero, sobre todo, sean felices.

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