Síguenos
Javier Hernández

Cuando uno escribe en Google, Mundial de Alemania, inmediatamente el buscador de referencia en la red comienza a ofrecer información del celebrado en 2006. Sí ese en el que todavía jugó Raúl con la Selección de Luis Aragonés, el del cabezazo de Zidane a Materazzi. Pero yo quiero referirme aquí al de 1974, a ese España no fue, porque en un partido de desempate en Frankfurt contra Yugoslavia, La Furia cayó derrotada en un choque en el que jugaron todavía Iribar, Quini o Amancio, ahí es nada.

El acontecimiento deportivo alemán marcó un antes y un después en la expectación de los españolitos, y por supuesto de los turolenses, había algo casi quimérico de lo que se venía hablando, algunos afirmaban que existía desde hace un tiempo, pero nadie la había visto, hasta que un buen día el referente que para algunos era casi mitológico cobró vida, y fue en el Tozal, en el Bar Pedralba, en su terraza, donde sobre una mesa alta (altísima) vimos por primera vez la tele en color. Recuerdo perfectamente estar mirando desde la acera el partido Brasil-Escocia, los cariocas de amarillo Escocia de un color azul oscuro y el árbitro de Rojo, sí rojo, encarnado, bermellón como lo prefiera el lector. Nosotros, esa chiquillería que solo percibía el fútbol en color por las publicaciones del As Color que era semanal y por cuyo póster central si era de tu equipo cambiabas cromos, hacías deberes ajenos o dabas la matraca en casa hasta límites inaguantables para unos padres de la época. Veíamos que un árbitro iba de rojo y que efectivamente la camiseta de Brasil era amarilla, ojos como platos, subidón, temazo.

Desde ese momento transcendental, ver los partidos en color fue objetivo absoluto, otro de los santuarios de la novedad fue el escaparate de Televox, donde todos pudimos apreciar cómo la Holanda de Cruyff vestía de naranja, como la Argentina de Ayala y Heredia, que habían sido los fichajes estrellas de Atlético de Madrid, daban color a esa albiceleste de la que leíamos cosas en el As o el Marca diarios, y por tanto en gris. Uno de esos momentazos épicos, más allá de resultados y camisetas, fue ver a Carnevalli, el portero de Argentina, con la rodilla ensangrentada y jugando, entonces el fútbol era más Furbol como decía Villar, y estaba lejos de los riesgos que vendrían después.

La vida se aceleraba, los televisores en color entraban en los hogares, la conversación de recreo giraba en torno a que en casa de los Plómez, los Pijerías, los Torrijas o Barreiros ya la tenían; que habían visto a Heidi a Niebla y al Abuelo en colores, todos ellos vivos, celestiales, mayestáticos; qué decir de nuestro westerm más autóctono Curro Jiménez, ver en color las aventuras del bandolero con El Estudiante de fineza y casi exquisitez en los entornos de Despeñaperros en contrapunto con El Algarrobo más rudo y elemental. Teruel había cambiado, esta vez en consonancia con el mundo. La tele era la verdadera reina de la casa y, aún hoy, me extraña que en el azulejo que te recibía en muchas entradas de los hogares turolenses, donde rezaba aquello de Dios bendiga cada rincón de esta casa, no se añadiera... y el recién comprado televisor en color.

Toda la vida preguntándonos para qué servía la antena del Cerro de Santa Bárbara, con esa caseta donde ponía TVE; pues lo que son las cosas, la antena nos daba señal televisiva ahora ya en color. Tener el televisor en color no garantizaba una total programación en colores en esos primeros años setenta, en realidad la mayoría de los programas eran en gris, pero sí hubo uno que llegó al corazón del telespectador, un programa con una maravillosa banda sonora que como no podía ser de otra manera cuando de música celestial se trata, llevaba la firma de Antón García Abril. El Hombre y la Tierra, con los parajes naturales recorridos de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente, levantó expresiones de alegría, gozo y asombro entre la parroquia turolense, que consideró desde ese momento que el televisor en color suponía para el hogar, las perras mejor gastadas de la historia reciente, eso sí, después de la boda de la hija mayor. Luego, el Un, Dos, Tres del maestro Ibáñez Serrador sería otro aldabonazo en la retina del turolense medio, medio alto o despeñado. Pasarían los años y la entonces única Televisión Española aumentaría la oferta en coloricos, descubriríamos el pasado cromático, cómo el genial Pertegaz, el hombre sin Museo, había hecho de color turquesa el vestido de Salomé en Eurovisión. Y llegarían con nuestras primeras tónicas y cañas, Aplauso, La Clave y Los Pecos, el 0-5 del Barça en el Bernabeu y la capilla ardiente en el Palacio de Oriente. Luego todo evolucionó, pero esa es otra histeria colectiva.