Lo mejor para acercarse al silencio es salir a la calle cuando está nevando, bien equipado para el invierno; aparar los copos con la cara y dejar que arrastren cada pensamiento y cada sonido, y lo entierren en el suelo.
Si no hay nieve, la niebla servirá. Ese velo húmedo que lo envuelve todo, desdibuja los contornos y amortigua los sonidos. Vale incluso el fuego para que la calma nos entre por los ojos. Concentrarnos en las llamas y dejar que el crepitar se convierta en un mantra que nos acune hasta quedarnos dormidos. Todo esto es propicio para adentrarnos en ese otro silencio, en el que de verdad importa: el que tenemos que encontrar dentro de nosotros.
Llegadas estas fechas, quien más, quien menos, hace balance del año que se ha ido o propósito para el que acaba de llegar. Yo, perdonen el atrevimiento, he escrito una carta a los Reyes Magos para pedirles que nos traigan a todos silencio. Dice el filósofo coreano Byung-Chul Han que ahora mismo la forma más radical de protestar es guardar silencio.
En un mundo en el que todos gritan, callarse es un gesto de rebeldía. Callarse, sobre todo para escuchar al otro, añado yo. No tengo ni idea de quién lo ha hecho, pero nos han convencido de que tenemos que estar siempre con el motor en marcha y rugiendo, siempre de aquí para allá, porque quedarse quieto y callado es sinónimo de vago, incluso de cobarde, de inadaptado.
Nadie puede pensar mientras corre de un lado para otro, nadie enfoca adecuadamente si no se detiene para mirar, preferiblemente cogiendo perspectiva desde un alto, por modesto que sea. Desde ahí verán que el silencio es el primer paso hacia la calma, la calma, el primer paso hacia la paz, ese deseo universal supuestamente fuera de nuestro alcance. Si todos nos calláramos y escucháramos, nos daríamos cuenta de que quizás la ansiada paz no está tan lejos como nos habían contado.
Por eso, para este 2026, yo he pedido sobre todo silencio.
