Ya estamos en 2026 y, al echar la vista atrás, podemos ver un año marcado por el impacto de la inteligencia artificial en nuestras vidas. Un buen termómetro es observar cómo se ha abierto hueco en las redes sociales, que están plagadas de vídeos y memes en los que se hace difícil distinguir qué es real y qué es IA. También nos hemos horrorizado al recibir noticias de adolescentes usando esta herramienta para vejar a sus amigas y compañeras de instituto insertando sus caras en cuerpos desnudos y situaciones pornográficas irreales. El problema con estas situaciones es que ya has roto a la persona víctima de la IA, aunque no sea real, parece tan real que ya se siembra la duda y demostrar la inocencia muchas veces se complica tanto que resulta imposible, sobre todo cuando estos montajes se hacen por personas que saben manejar esta herramienta del demonio. Del mismo modo pueden usarla los criminales para exculparse e inventar la coartada perfecta. De nuevo nos estamos viendo sumergidos en un avance tecnológico que se inmiscuye sin pedir permiso en nuestras vidas y la legislación que debería estar poniéndole límites ya está llegando demasiado tarde.
Otro de los usos que se le está dando a la IA es la creación de música. Después de explotar a los artistas para que compongan canciones como churros y con unas determinadas características de lo que se está consumiendo ese mes, después de exprimirlos hasta que necesitan apartarse y tomarse unas vacaciones para poder reconectar con su esencia personal, después de matar la creatividad para seguir al algoritmo de moda que marcan las redes sociales; las grandes multinacionales de la industria musical se han dado cuenta de que es más barato pagar a informáticos con formación en creación musical a través de la IA que a verdaderos músicos con sus “rarezas y manías” para ser creativos y creativas de manera orgánica.
Las personas, cada vez más lobotomizadas, no son capaces de distinguir canciones hechas por IA de las compuestas por una persona de carne y hueso. Uno de los problemas es que ya no se escucha música por el puro placer de escuchar música y disfrutar de ella, se emplea como un mero complemento de las imágenes de las redes sociales, temas de minuto y medio para cubrir el tiempo de un reel que sigan la tendencia del algoritmo de turno. De esta manera se escucha la canción de moda que acompaña a los vídeos virales, es más, si quieres que tu vídeo se haga viral tienes que usar esa música que está de moda porque el algoritmo así lo decide; eso es lo que nos dicen para mantener el nivel de consumo y creación de contenido necesario para que la red social de turno siga bien alimentada, en realidad, aunque uses esa canción no vas a subirte a la cresta de la ola, pero interesa que así lo pensemos. Los artistas ya no somos necesarios, las canciones se trocean para cubrir el tiempo de atención sostenida que ahora aguanta la gente y nadie sabe de quién es ese tema tan pegadizo. Y en las plataformas musicales también da lo mismo, se sobreviene una canción tras otra sin final, todo para que no tengamos que pensar qué canción queremos escuchar después, ya no digo qué disco, eso ya queda demasiado lejos (personas que escuchen discos enteros quedamos muy pocas), la norma es no pensar, ya me recomendarán qué tengo que escuchar después.
En los años ochenta ya se hablaba de inteligencia artificial y los augurios no eran nada buenos. El filósofo John Searle nos susurra desde la tumba una duda: ¿Y si todo fuera un engaño? ¿Y si la IA no entiende nada, sino que se limita a ejecutar un truco de magia perfecto? ¿Nos vamos a dejar dominar por la ausencia de comprensión y semántica? Me temo que por comodidad venderemos nuestra alma.
