Una amiga me lo decía hace unos días, con cara de resignación mientras tomábamos un café: “No falla. Llega la Navidad, disfruto como la que más… y a los pocos días tengo la cara irritada, apagada y con algún granito que no contaba con el”. Y no, no es un caso aislado. Como médico, cada enero escucho versiones muy similares en consulta. La piel, aunque no se queje en voz alta, también acusa los excesos navideños.
Durante las fiestas cambiamos rutinas sin darnos cuenta. Dormimos menos, comemos más (y peor), bebemos más alcohol, nos maquillamos durante horas, abusamos de calefacciones, pasamos del frío de la calle al calor seco del interior… Todo eso tiene un impacto directo sobre la piel. La barrera cutánea se debilita, aumenta la deshidratación, la inflamación y, en personas predispuestas, aparece el temido brote de acné post-navideño.
¿Por qué ocurre esto? La piel es un órgano muy agradecido… pero también muy sensible a los cambios. El alcohol dilata los vasos sanguíneos y favorece la inflamación; los azúcares y ultraprocesados estimulan picos de insulina que pueden activar el acné; el estrés y la falta de sueño alteran hormonas que influyen directamente en la piel. Si a eso le sumamos maquillajes más cubrientes de lo habitual y limpiezas apresuradas de madrugada, el cóctel está servido.
La buena noticia es que la piel tiene una enorme capacidad de recuperación. Enero no debería ser un mes de castigo, sino de reset. El primer paso es volver a lo básico, y aquí entra una idea clave que repito mucho en consulta: menos es más.
Después de Navidad no hace falta una batería de diez productos nuevos ni tratamientos agresivos. La piel viene sensibilizada, y lo que necesita es calma. Una limpieza suave, mañana y noche, con productos que respeten la barrera cutánea.
Nada de exfoliar “para arrastrar los excesos”: eso suele empeorar la irritación. Mejor hidratar bien, con texturas ligeras pero eficaces, y proteger la piel del frío y del sol, que aunque parezca inofensivo en invierno, sigue estando ahí.
Si aparecen granitos, paciencia. No es el momento de productos muy secantes ni de “secarlos a lo loco”. El acné post-navideño suele ser transitorio si tratamos la piel con cabeza. Regular, equilibrar y esperar. A veces, simplemente con retomar hábitos saludables, la piel hace el resto.
¿Y el maquillaje? Aquí también conviene aplicar el famoso menos es más. En Navidad abusamos de bases muy cubrientes, iluminadores, correctores… y muchas horas con el maquillaje intacto. En enero, la piel agradece maquillajes más ligeros, fórmulas no comedogénicas y, siempre que sea posible, días de “piel al natural”. No se trata de renunciar al maquillaje, sino de usarlo como aliado, no como máscara. Una piel bien cuidada necesita menos maquillaje para verse bonita.
Y no olvidemos lo que no se ve en el espejo: dormir bien, beber agua, volver a una alimentación más equilibrada y reducir el alcohol. A veces el mejor cosmético es una buena noche de sueño.
La piel no nos pide perfección, nos pide coherencia. Disfrutar de la Navidad está muy bien, pero cuidar la piel después también es una forma de autocuidado. Enero no es para castigarnos, sino para volver al equilibrio. Y la piel, cuando la escuchamos, suele responder mejor de lo que creemos.
