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El mundo de la amistad del cordero y el león

El Espejo de Tinta, por Gene Martín

Por Gene Martín

No sabía si escalar el sólido arco iris o navegar entre las vaporosas nubes; titubeaba entre sentir el suave y delicado tacto de los cantos rodados del río de colores u oler la maravillosa fragancia de las azucenas transparentes; dudaba entre saborear los dulces frutos de los árboles rosas u oír el movimiento de los planetas de otras galaxias. Cualquiera hubiera pensado que estaba loco pero todas estas posibilidades, de repente, sucedieron mientras que él caminaba por una de las calles de cemento gris en su último viaje a la ciudad gris del planeta gris. Sucedió después de que el peregrino terminara su último peregrinaje y anduviera desnudo de ataduras con el antiguo mundo convencional; no quería nada, no sabía nada, ni tenía nada; vivía con una mente vacía pero con un corazón lleno.

¿Es verdad que los cerdos no vuelan? Se planteaba; ¿es verdad que los unicornios no existen? Reflexionaba; ¿es verdad que los árboles no son rosas? Indagaba.  La pregunta “¿es verdad?” se convirtió en su pasatiempo favorito, el motor de su experiencia humana; esta pregunta le hacía liberarse de las cadenas impuestas por el pensamiento limitado y programado bajo el cual sobrevivió durante tantos años. Sí,  allí todo podía existir, allí todo era posible: pájaros con patas de jirafa, especies de plantas que jamás hubiera sido capaz de diseñar el mejor arquitecto de la Tierra; seres transparentes con formas atractivas con pieles de todos los colores y orejas con formas de flores; sin embargo lo que más le sorprendió fue ver a los leones siendo amigos de los corderos, ¿cómo era posible que la presa fuera amiga de su depredador? Esto le deshizo todos los esquemas, su mundo cayó en pedazos. ¡Todo esto sin haberse tomado un trippy! Un aurora flipante para él y para los habitantes del planeta sobre el que estaba caminando. Por fin, allí todo era posible; colores, formas, olores, y relaciones; todo a la vez, ¡potencial infinito de posibilidades infinitas!. Todos seres entendían su roll en el teatro de la vida, sin comparaciones y sin que nadie entrara en laberintos psicológicos de dudas, miedos o culpas; nadie desconocía la verdad de su ser; todos conocía su plenitud.

Allí ningún pensamiento de este tipo era posible: “ así no puede funcionar”, “ hay cosas que hay que hacer aunque uno no quiera”, “eso es imposible”, “de toda la vida ha sido así”, “qué pensarán los vecinos”, “si te viera tu padre”, “la vida es sacrificio”, “ yo no puedo”, “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, “pronto se torcerá la cosa”, “hay que trabajar duro para merecérselo”, “me falta algo para estar completo”, “en el tiempo encontraré la felicidad”, “hay que defenderse y luchar”, “ tengo que demostrar mi valía”, “necesito que me quieran”, “necesito desarrollarme como persona”, “la muerte es el final para todos” ; allí, todo esto era imposible fantasear; ni si quiera insinuarlo era posible en la tierra de la perfección. Tales pensamientos no hubieran permitido tanta creatividad ni un mundo tan mágico y tan maravilloso, lleno de color, vida y libertad; allí, lo imposible era imaginar que existieran calles grises con personas grises con pensamientos grises en mundos grises marcados por un tiempo y un espacio imaginados con una fuerte y oprimente moral, y una mente tirana que les hiciera vivir en mundos de pensamientos soñados, aislados del resto de seres y objetos de la Tierra; ciegos a la belleza y al amor incondicional. Mientras que la visión nueva, fresca e inocente de un niño era suficiente para quedar asombrado. Una chispa del flamante mundo nuevo era lo único que se necesitaba para inundar las calles, transformar la visión y la vida entera de los habitantes del mundo gris, ¡Luz! ¡Color! ¡Facilidad!. Era tan sencillo poder ver el otro mundo, solo se necesitaba que uno de sus habitantes grises con cerebro gris parpadease por un instante y olvidase todo lo que nunca había pensado y deseado; estar dispuesto por un instante a no querer nada, a no tener nada y a no saber nada; entonces volver a abrir los ojos y ver el mundo fascinante sin límites ni tiempo, en sustitución de su antigua visión limitada, desesperanzada y desoladora; dejar que su cerebro gris se inundara de color para poder ver, a su alrededor,  la vida de la magia; un momento para reconocer la Vida en puro estado en su interior y en el exterior. Dar una vida individual y soñada a cambio de la Realidad evidente y compartida.

Al principio el habitante número mil quinientos noventa millones, trecientos mil doce, quinientos ocho, solo necesitó recordar que Felicidad comienza con Fe y más tarde, con la experiencia, confirmó la Fe y la Felicidad. Sin moverse de sus calles o de su casa  pudo renunciar a su antiguo mundo y resucitar al mundo de la amistad del cordero y el león, reconoció la paz, la belleza y el amor, en definitiva,  la Realidad; y por arte de magia descubrió que siempre ¡allí fue aquí!. No tuvo que esperar más en el tiempo para ser feliz, no tuvo que esperar ningún acontecimiento o suceso del mundo que le completara, no le exigió nada más a la vida, e incluso deshizo la idea de llegar al Cielo cuando muriera. Él descubrió que la Felicidad es siempre ahora y la excusa de posponerla en un futuro o en un pasado inexistentes es un engaño de la mente para no ser feliz. Él descubrió que era el Cielo ahora, Él descubrió que era la Felicidad misma.

¡Ay! Si supieras lo que te estás perdiendo por un simple parpadeo... Cierra los ojos, suelta todos pensamientos e historias, suelta lo aprendido, suelta la percepción de la persona, suelta tu persona y descubre el mundo nuevo que siempre estuvo en ti.