Síguenos
Alicia González

El regalo de cumpleaños

El Espejo de Tinta, por Álvaro Narro

Observó el viejo reloj de la estación y se alegró de que ya tuviera las dos agujas. Por fin el alcalde había decidido que los vecinos tenían que ser partícipes del paso del tiempo. Y de saber que los trenes no siempre son puntuales.

Hacía una semana que había cumplido los dieciséis. Se había acostumbrado a que su cumpleaños no se diferenciara demasiado de cualquier otro día. Se levantó a las seis de la mañana y ordeñó unas cuantas vacas. Echó un vistazo a Linda, que no tardaría en parir un hermoso ternero y se le encharcaron los ojos al ver como Leroy, un caballo que en su día fue la envidia de todo el lugar por su pelaje, estaba cada día más ciego y más cerca de la muerte. A las nueve de la noche, cuando el sol abrasador se había escondido y los mosquitos campaban a sus anchas, estaba segura de que no habría tarta de cumpleaños. Se equivocaba. Su madre, una mujer arrugada y que apenas hablaba, comenzó a cantar muy bajito a la vez que dejaba una tarta de chocolate y crema sobre la gran mesa de madera. Su padre, un hombre enorme y de voz molesta, gritaba de emoción mientras enseñaba un sobre muy blanco que le tendió a su hija.
–Es nuestro regalo –le dijo con voz solemne–. Mereces esta oportunidad. Te mereces lo mejor. Te queremos –añadió mientras su madre solamente asentía moviendo arriba y abajo su cabeza de pelo sucio y enmarañado.
Llevaba el sobre escondido en su bolso de tela. Se mordisqueaba las uñas ya destrozadas y miraba una y otra vez el reloj de la estación. Los zapatos le apretaban y estaba segura de que le costaría caminar por la gran ciudad. No estaba cómoda con ese vestido. Se le había quedado pequeño, y la tela plisada acababa mucho antes de sus rodillas. En el último año había crecido. Se había convertido definitivamente en una mujer muy hermosa. Sus ojos eran verdes y dulces y tenía una larga melena que le gustaba secar al sol de la mañana a la vez que escuchaba a unos pajarillos que le hacían sentirse mejor. Amaba la música con toda su alma y estaba esperando su oportunidad. Esa oportunidad estaba dentro del sobre blanco. Iría a hacer las pruebas para la mejor orquesta del norte. Soñaba con convertirse en una violinista de prestigio y viajar por todo el mundo.
El tren llegó con apenas diez minutos de retraso. No quiso pensar en lo bonito que hubiera sido que su padre la hubiera despedido en el andén. Que allí le hubiera recordado los últimos consejos y le hubiera abrazado muy fuerte. Sabía que una vaca estaba a punto de parir y que en esos días no se podía permitir ni un minuto de descanso en las tierras.  A la vez que agarraba muy fuerte su viejo violín y entraba en el tren se acordó de él y sonrió enseñando sus dientes blancos y pequeños.
El vagón estaba lleno y el calor hacía difícil respirar. Había viejos que buscaban el consuelo de ver el mar antes de morir. Hombres sudorosos de camisas desabrochadas y pechos peludos que dormitaban con la boca muy abierta. Mujeres nerviosas que miraban a sus pequeños con compasión. Encontró un sitio junto a un hombre muy delgado que lucía con orgullo un alzacuellos y que dejaba que el sudor se escurriera por sus sienes. Al sentarse golpeó sin querer con su preciado violín las piernas de un hombre gordo que carraspeó y se apartó la baba de un manotazo. Estaba sentado enfrente y comenzó a mirarla. Ella juntó mucho sus piernas y posó sus ojos en la ventanilla. Veía el paisaje correr mientras el hombre gordo de brazos tostados por el sol no dejaba de mirarla.
–Vaya, ¿así que tocas el violín? –le dijo gritando.
–Sí –contestó ella asustada antes de bajar la cabeza.
–Me encantaría escucharte –le dijo él enseñándole una boca grande de dientes retorcidos que dejó escapar un fuerte olor a ginebra.
Ella sonrió y volvió a mirar por la ventanilla. Tenía miedo y le costaba respirar. Juntó mucho sus piernas hasta sentir dolor en sus rodillas y maldijo a su madre por no comprarle otro vestido. Se asustó cuando el hombre se levantó como un resorte.
–Bueno, ¡yo me bajó aquí! La próxima vez no te libras, preciosa –le dijo a la vez que le tocaba una rodilla y subía despacio una mano pegajosa y rojiza que descansó unos segundos interminables en su muslo. Después se fue dando grandes zancadas y moviendo mucho sus brazos.
Miró hacia un lado y hacia otro, pero nadie pareció prestarle atención. Nadie parecía haberse dado cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar. De gritar muy fuerte o de pedir que alguien parara el tren. Cuatro horas después se levantó muy despacio. Estiró fuertemente su vestido, apretó contra su pecho su viejo violín y bajó del tren encontrándose rodeada de una multitud desconocida que corría de un lado a otro con sus pesadas maletas. Gritos de hombres, lloros de niños. Ruidos de silbatos y máquinas de tren. Pensó en sus sueños. En su violín. En la paz que le daba la música. En el olor a madera y el tacto del arco. Después pensó en sus viajes por todo el mundo y en el hombre del tren. Se acercó a una papelera y abrió el bolso de tela. No dejó que una lágrima llegara a brotar.
Sus padres la estaban esperando en el pequeño porche de madera. Su madre estaba sentada pelando unas patatas y su padre dejó un vaso de cristal, se levantó riéndose y la abrazó muy fuerte.  
–Dímelo, hija, ¡dime que vas a ser la violinista más grande del mundo! –gritó con su voz desagradable–. Vamos, ¡dímelo!
–No, papá. No ha podido ser –le dijo sin levantar la cabeza–. Hay un nivel altísimo. Supongo que tendré que practicar mucho más –añadió susurrando.
–¡Oh, hija! ¡Cuánto lo siento! Llegará tu oportunidad, tranquila… ¡Si esos imbéciles no han sabido verlo, otros más entendidos lo harán! ¡Eres muy grande!
Le pareció que el aliento de su padre olía a ginebra y lo apartó con cuidado. Miró a su madre que asentía moviendo su cabeza arriba y abajo sin dejar de pelar las patatas. Después dijo que iba a darse una ducha. Se descalzó y se fue despacio apretando mucho su violín contra su pecho.