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José Manuel Ubé. Nacido en Teruel en 1965 ahora reside en Huesca. Artista y bibliotecario. Se dedica especialmente al collage y al arte digital con una marcada tendencia hacia el surrealismo.

Fantasma mío

El Espejo de Tinta, por Angélica Morales

Por Angélica Morales

Lo quería con toda el alma. Lo quería más allá del amor, como si el amor lo hubiera inventado ella y nunca fuera suficiente y tuviera que matarlo para volver a dibujar en el aire su hermosura. A rabiar. Así lo quería. A mordiscos puros. Porque el amor se rompe de tanto amor, quiebra su cintura y cae hacia la boca de la almohada o hacia un suelo lleno de sierpes que se lo llevan a un lugar oscuro. El lugar oscuro podría ser un pubis o un vientre.

Ella lo quería y nunca hablaba de su amor con nadie. Se lo había tragado, como al cuerpo de Cristo cuando cumplió ocho años y, en aquella iglesia vestida de muchachitas blancas, tuvo que abrir la boca y sacar la lengua para capturar un pedacito de Dios. Después, Dios se le quedó pegado al paladar y tosió mucho y tuvieron que sentarla en un banquito lleno de flores mustias, y le trajeron agua y le dieron a beber y vio una mano llena de pulseritas de oro que tintineaban en la iglesia y provocaban eco. Su voz metálica diciendo: eo eo. Y ella traga que te traga el agua. 

Lo quería porque era de su misma estatura y podía abrazarlo sin tener que ponerse de puntillas y le daba besos desde la misma distancia de sus bocas y caminaban sincronizados por el bosque, cuando había bosque o cuando se lo inventaban si acaso estaban en la ciudad tomando cerveza cerca de una parada de autobús. Lo quería porque se llamaba Jacinto y había leído que el jacinto era la flor de la constancia y su amor se había ido forjando así, poco a poco, día a día, con una constancia de vértigo. Así lloviera, cayeran piedras encendidas del cielo, estallara una guerra o viniera un virus mortal. 

Ella lo quería y lo iba a querer siempre bajo la tierra que ahora le daba sepultura y por donde pasaban las hormigas en procesión llevando sobre sus cabezas trocitos de pan o pétalos de mandarina. Lo quería, eso le susurró cuando alguien vino a cerrarle los ojos y ella los cerró también, como si con ese gesto pudiera viajar hasta la muerte de él para decirle adiós en su última morada. Después ya tendría tiempo de regresar a la vida, pero de momento estaba muy bien allí, dentro de lo oscuro, dentro del pecho de esa mujer llamada muerte. Sin embargo, si vinieran a preguntarle desde arriba qué tal se está en el pecho de la muerte, ella no habría sabido responder porque no veía nada. Los ojos que se cierran cuando has dejado de respirar ya no vuelven a abrirse, ni siquiera cuando llega la lluvia y lo pone todo patas arriba. No hay manera, dijo tiempo más tarde. No hay manera de soltarse del abrazo de la muerte cuando se te muere el amor y quieres estar ahí, acurrucado en lo oscuro, apretando los ojos como cuando aprietas los domingos para que no vuelva a comenzar la semana. Fuerte. Muy fuerte. 

Ahora se ha quedado sola y está en la luz. La luz es una casa vacía y un armario repleto de ropa de hombre que nadie va a usar. Todo huele a él. Pero es un olor que no se queda, que a veces se confunde con el batir del ala de una polilla o con el aroma de los macarrones que se tuestan en el horno. Tras la muerte todo se vuelve extraño y lento. Ella lo sabe. Por eso suspira y sigue alimentándose de los recuerdos que dejó él en la casa, revisa las fotografías por si hubiera un hueco ficticio por donde él pudiera salir. Ha empezado a creer en los fantasmas y reza.

De vez en cuanto nota que las cortinas se agitan y piensa que se trata de una señal. Leyó en alguna parte que cuando un fantasma aparece emerge del suelo un calor animal y las paredes arden aunque no se vea a simple vista. Los sentidos no sirven porque los fantasmas vienen del otro lado. Pensándolo bien, el otro lado puede ser otra casa vacía, otro hombre muerto, otra mujer que reza.