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Covi Galeote Mayor

La Nunca

El Espejo de Tinta, por Iván Núñez Alonso
Yo,  Martín C. L., nacido el nueve de julio del año de nuestro señor mil ochocientos setenta y cuatro, en plenas facultades mentales, puedo jurar ante ustedes que todo lo que expongo es absolutamente cierto y quiero declarar y declaro lo siguiente:
Que todo comenzó un catorce de septiembre del año de nuestro señor de mil novecientos seis en un viaje que había de realizar a la zona de la provincia conocida como el Matarraña. Un servidor ya había visitado aquella zona alguna vez más por causa de mi trabajo, pero en este caso no eran meras herencias o gestiones de negocios. De hecho no tenía muy claro para qué debía viajar a aquel territorio en esa ocasión. El señor Andrés L. F., mi jefe en el bufete de abogados, me había referido información muy poco precisa sobre esa visita. Del asunto deduje vagamente que era un traspaso de poderes “o algo parecido” según palabras de mi superior, y debería encaminarme a una masía sita entre La Fresneda y Valjunquera, cerca del Barranco de las Canales. De mi cliente, el señor Mariano de J. S., sabía lo mínimo: persona adinerada que, por causas por mí ignoradas, se había retirado con sus tres sirvientes a la ya referida zona, tratando de pasar absolutamente desapercibido. Con esos exiguos datos me encaminé desde mi casa en la calle de la Pescatería número cuatro, segundo piso izquierda de Teruel, hacia el que iba a ser mi destino.
Cogí el primer coche que partía hacia Alcañiz. Allí había mandado un telegrama el día previo con el objeto de que me arrendasen un caballo y así poder llegar hasta la masía. Sabía que iba a ser un trayecto largo y duro –no obstante, como ya digo, ya lo había recorrido anteriormente-, así que me llevé, amén de todos los documentos necesarios para ejercer mi profesión, dos libros: la última novela de Blasco Ibáñez, y un tratado sobre leyes de propiedades rústicas. Hay que apuntar que soy un ávido lector, y se puede afirmar que literalmente devoro obras literarias en mis horas libres, pues no tengo otro entretenimiento realmente. Se dan incluso ocasiones en las que algunos textos me sumen en un trance tal que me absorben por completo y me olvido del mundo que me rodea, inmerso cual Nautilus, en la trama de este o aquel volumen. Como vivo solo puedo pasarme noches enteras hasta que liquido la lectura. En ese momento culmen quedo absorto, como afectado por una resaca literaria y pienso y medito largamente en la lectura recién acabada.
Una vez en Alcañiz tuve que hacer noche en una posada cerca del castillo. A la mañana siguiente ya me estaba esperando un mozo con una yegua tirando a esmirriada, en mi humilde parecer. Pese a que no me agradó la apariencia de la montura no pude hacer otra cosa que pagar al muchacho el precio estipulado y tomar camino a Valjunquera. Hacía calor, aunque no asfixiaba, y el trayecto lo realicé sin muchas fatigas.  Alcancé tarde mi meta, bien por la calidad de la cabalgadura, bien porque se me había hecho tarde para comer, o por enredarme terminando de leer la magnífica obra de Blasco Ibáñez. El caso es que ya el sol moría por el horizonte cuando vi a lo lejos la masía de mi cliente. Un sirviente se acercó para ayudarme a descabalgar y a bajar las dos alforjas en las que portaba mis pertenencias, juzgué aquel hombre correcto pero sin conseguir ser amable.
La masía era un edificio típico de la zona con tres alturas. Por lo que pude apreciar mientras el sirviente me invitó a entrar, su interior se hallaba decorado con muy buen gusto y de manera sobria, predominando las antigüedades y los motivos nobles. El susodicho criado me guio hasta lo que consideré una majestuosa biblioteca, donde me conminó a esperar en una butaca al ya mencionado anfitrión. La estancia donde debía aguardarle me fascinó. Todas las paredes estaban forradas de libros desde el suelo hasta la techumbre de madera. Las estanterías, también de madera, se cerraban con puertas de rejilla que permitía ver su interior. Desde mi asiento barrí con la mirada todos y cada uno de los rincones donde se depositaban los libros hasta que, vencido por mi deseo de observar más de cerca la colección, me levanté y recorrí toda la estancia abriendo aquí y allá las puertas de las estanterías. Y entonces reparé en aquel ejemplar. Sobresalía un poquito más que el resto y su lomo, rojo y azul con pequeñas filigranas de oro, llamó mi atención. Su título era La Nunca. Mi deseo de sacarlo de su ubicación original y echarle un vistazo pudo más que las más elementales normas de respeto y cortesía que siempre contemplaba hacia mis clientes cuando me encontraba en sus propiedades. 
El tamaño del libro era medio y su peso, sin embargo, considerable - tanto es así que apenas pude asirlo-. Me senté con dificultad, lo deposité en mi regazo, abrí la cubierta y, tras la hoja de guarda, examiné la portadilla. La Nunca… leí en voz baja. Al pasar a la portada quedé nuevamente absorto por la delicadeza de la decoración y la tipografía. Allí encontré el siguiente subtítulo: La fugacidad de la locura. El autor, según aquella portada era Alguien. Así de simple: Alguien – ¿quizá anónimo? -. Inicié su lectura sin más dilación: “Capítulo I. No existe y es. La Nunca es tiempo y sin embargo apenas sucede…”. Poco a poco aquel libro me fue atrapando o, mejor dicho, me apresó de una manera prodigiosa. Nunca supe cuanto tiempo hubo pasado, pero en un momento dado me sentí aturdido con la lectura. Me extrañó que mi anfitrión me hubiese abandonado de esa manera, por lo que intenté buscarlo. Y entonces comenzaron a suceder cosas harto extrañas. Salí de la masía y no encontré a mi yegua, así que traté de volver a la casa pero esta no era más que una ruina: tejado hundido, piedras caídas, vigas a la vista… 
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El doctor F. A. dejó la declaración y dirigió su mirada hacia el enfermero que estaba esperando al otro lado de la mesa. 
- ¿Y dicen que lo ha encontrado un agricultor esta mañana en las inmediaciones de La Fresneda?- Cogió el informe que tenía a su lado - Sin huellas dactilares identificables… Mmm… Con delirios, sin oponer resistencia y con un libro en blanco del que no se quería despegar bajo ningún concepto. Afirmaba también que aquello ocurrió en mil novecientos seis, hace exactamente ciento catorce años… 
El enfermero interrumpió:
- Lo extraño es que hemos buscado su nombre en el Archivo Provincial y, efectivamente, hubo un abogado con ese nombre en Teruel.
El médico preguntó tajante:
- ¿Le han realizado la prueba del PCR?