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Conchita Serrano Minguez

Reencuentro

El Espejo de tinta, por Elena Gómez

Se diría que hoy hay cierto ambiente de inquietud en la estación. No está a rebosar de transeúntes, como era habitual en otros tiempos, por lo que le resulta fácil observar el ir y venir nervioso de los que están esperando su tren. Eso sí, desde la distancia, no sea que todo se vuelva a complicar y vuelvan a quedar bloqueados en Madrid.
A su alrededor, la gente aguarda en silencio, es complicado hablar con el de al lado a través de la mascarilla si no lo conoces de nada, por lo que casi todos parecen ensimismados con las pantallas de sus móviles. Si antes la comunicación digital estaba invadiendo nuestras vidas, ahora se ha convertido en algo indispensable. Apenas unos meses de confinamiento han conseguido que nos resulte más cómodo y real relacionarnos a través de esas pequeñas ventanas negras.
Ella también está alterada, hoy es el primer día que se puede viajar entre comunidades autónomas y no ha podido esperar ni un minuto más sin volver a casa. Porque su DNI dice que reside en Madrid, pero reconoce que su verdadero hogar está a muchos kilómetros de allí. Necesita volver donde están aquellos que la quieren sin condiciones. Precisa de sus abrazos, esos que a veces ha creído que no volvería a recibir. Lo peor no ha sido la soledad en su pequeño estudio, sino el miedo a perderlos, a no volverlos a ver por tener esa edad crítica que los convertía en víctimas potenciales de ese pequeño y feroz asesino que ha cambiado el mundo, quizás para siempre.
Supone que las personas que están en su andén sienten lo mismo que ella. Pasean arriba y abajo, frotándose las manos enguantadas, y piensa que aquello parece más la sala de un hospital que una estación de tren. Está ensimismada en sus pensamientos, cuando de pronto alguien choca contra ella. Se trata de un hombre que apresuraba sus pasos mirando su reloj de muñeca y no la ha visto interponerse en su camino.
Azorados, se piden disculpas y se disponen a ayudar al otro a recoger sus cosas esparcidas a causa del choque. Bajo su camuflaje quirúrgico, ambos comienzan a reírse. Él, pensando que esto parece el principio de una comedia romántica, como esas que ponen en televisión los fines de semana por la tarde. Ella, imaginando que ha tropezado con el conejo de Alicia en el país de las maravillas.
Pasada la primera confusión y más relajados por sus pensamientos jocosos, levantan la vista y cruzan sus miradas por primera vez. Se quedan petrificados durante unos segundos que parecen una eternidad, no necesitan ver sus rostros, se reconocen sin que exista ningún pequeño resquicio de duda.
Cada uno susurra -suspira- el nombre del otro sin dar crédito a lo que está ocurriendo. Han pasado eones desde que sus ojos se buscaron por última vez. Nada de lo acontecido en sus vidas desde que se separaron, les hizo pensar que se volverían a encontrar en un lugar y un momento tan absurdo como aquel.
Y ahí están, hipnotizados por la visión que tienen ante ellos. Él tiene las patillas plateadas y unas profundas entradas en su frente. A ella se le dibujan unas pequeñas arrugas alrededor de los ojos. Pero sus corazones, sin pedir permiso, se han puesto a latir al mismo ritmo de antaño. Se quitan la mascarilla sin dejar de mirarse, buscando esa sonrisa cómplice y esa frase que nunca se atrevieron a decir.
En ese momento todo a su alrededor deja de tener importancia. Quizá pierdan el tren que tanto estaban anhelando hace unos minutos, pero necesitan ese instante para saber el uno del otro. Así que entre expresiones entrecortadas y gestos tímidos, deciden charlar un rato delante de un café en vaso de papel y sentados en un banco.
Se ponen al día con rapidez, son pocos los datos que se tienen que dar para darse cuenta que ambos han hecho su vida y que este pliego espacio-temporal es solo un breve regalo que les ha brindado el destino. Él tiene lo que siempre soñó, estabilidad y una familia. Ella ha triunfado en su carrera, sacrificando cosas a las que él nunca había renunciado.
Sin embargo, durante ese paréntesis se hablan como si no hubieran transcurrido los años. La complicidad y el calor les hace sonreír sin parar, y casi sin darse cuenta vuelven a hablar de sueños, de miedos, de aficiones… Las heridas han cerrado y se dan cuenta de que ya no hay cabida para reproches, excepto uno. "Te marchaste sin decir adiós", murmura ella. "Tuve miedo", responde él. No necesitan nada más para saber que siempre se han estado añorando, y que no fueron ellos, sino la vida, lo que los separó.
La magia se rompe cuando los altavoces avisan de que su tren está a punto de partir. Se dirigen al mismo sitio, a la ciudad que fue escenario de su primer amor. Esa en la que se han vuelto a buscar en cientos de ocasiones cuando la añoranza se ha hecho insoportable. Esa en la que los esperan unos padres ansiosos, como en aquellas madrugadas de su juventud.
Sin pensarlo dos veces suben y se sientan juntos. No saben si este viaje será un nuevo principio o el broche final a todo este tiempo de vacíos y dudas. Serán tres horas de confidencias, de poner en orden todo lo que la distancia ha desordenado, de tomar decisiones que serán determinantes para el resto de sus vidas.
Cuando llegan al fin del trayecto se dan cuenta de que sus dedos están entrelazados desde que el ferrocarril comenzó su andadura. No quieren descruzarlos, intuyen que el hechizo se romperá si se apean en esa estación de provincias. No obstante, saben bien que no pueden quedarse allí de por vida, yendo y viniendo como hicieran Florentino Ariza y Fermina Daza en aquel barco, y que, aunque lo parezca, no están en los tiempos del cólera.
Llegado el momento de la despedida, al pie de esa escalera infinita que lleva a los viajeros a la ciudad, no hay beso apasionado como en esas comedias románticas en las que él pensó al principio de este extraño encuentro. Solo un abrazo y una promesa, que no se cumplirá, de seguir en contacto. Y así es como cada uno, por separado, comienzan el camino hacia su nueva normalidad.