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Amparo LLamazares, en un acto de promoción de la Cebolla de Fuentes

Amparo Llamazares , presidenta de Slow Food Zaragoza: “La alimentación debe ser buena, limpia y justa con el productor que se esfuerza”

El movimiento mundial contra la comida rápida protege variedades locales y promueve el consumo de cercanía

El movimiento Slow Food se inició en Italia como una filosofía contra la comida basura (fast food) y contra el poder de las grandes multinacionales para homogeneizar gustos. Bajo el “lema bueno, limpio y justo”, el interés por el producto de kilómetro cero que genera riqueza en el territorio se ha extendido por más de 120 países y cuenta con más de 1.300 asociaciones locales, llamadas Convivium, con más de 100.000 socios. Mientras se termina de forjar el grupo turolense, Amparo Llamazares ejerce de portavoz en Aragón. Este fin de semana estará en Alloza promocionando la variedad de oliva Royal de Alloza.

-¿Qué es Slow Food?

-Es una asociación internacional con presencia en casi todos los países, aunque se originó en Italia como una protesta por la comida rápida. Comenzaron a darse cuenta de que había productos que gustaban mucho donde vivían que empezaban a faltar porque se habían apoderado otras marcas de otros países que no tenían nada que ver con sus gustos. Entonces empezaron a proteger la alimentación local y surgieron otros campos para actuar además de la alimentación, como el turismo o la ropa.

-Su filosofía se basa en tres pilares: bueno, limpio y justo.

-Creemos que la alimentación debe ser buena, con alimentos nutritivos que gusten y sean saludables; limpios, libres de pesticidas, antibióticos y hormonas; y justa, sobre todo con los productores que realizan ese esfuerzo para que nosotros disfrutemos.

-¿Y esto cómo se consigue?

-Parece utópico, pero poco a poco se van consiguiendo cosas. Cada vez es más común ver cocina de temporada o de mercado en los restaurantes. Cada vez más se valora lo que se produce en cada territorio. Nosotros damos información desde el Aula de Cultura Alimentaria para que la gente vaya teniendo conocimiento de los tesoros alimentarios de Aragón, que los tenemos que proteger y defender porque mejoramos la vida de las personas que los producen con muchísimo esfuerzo. También hacemos excursiones para visitar insitu a los productores, lo mismo una bodega como un obrador de panes o una empresa de conservas. De esta forma vamos poniendo cara a los productores.

-Promueven el concepto de kilómetro cero, en definitiva.

-Debemos fomentar el consumo de los productos que se producen en un sitio determinado para no gastar energía y comerlos en el momento idóneo, que es cuando están más ricos y saludables. Tenemos que proteger tanto semillas como elaboraciones artesanales. Para ello tenemos otro proyecto, El Arca del Gusto, para que no se empobrezca la biodiversidad, porque de lo contrario estamos perdidos. Introducimos cualquier alimento, variedad o raza que está en peligro de extinción pero que representa a la cultura de esta tierra.

-¿Que productos de Teruel caben en ese arca?

-Tenemos el azafrán del Jiloca, por ejemplo, y se han sumado tres recientemente como son la oliva Royal de Alloza, la gallina serrana de Teruel y las tortas de alma que se hacen con esa calabaza especial.

-Precisamente este fin de semana ponen en valor la oliva Royal de Alloza con unas jornadas gastronómicas.

-Es un cultivo pequeñito que da un aceite afrutado y que tiene un sabor como a hierba y a almendra. No hay que olvidar que Alloza, de origen árabe, etimológicamente significa almendruco. Es ideal para hacer ensaladas y también para cocinar, y es recomendable totalmente porque evita la despoblación rural. Si hay riqueza, ese lugar no se empobrece. Cada consumidor debe ser consciente de sus hábitos.

-¿Son un grupo gourmet?

-Parece que comer con gusto tenga que ser de gourmets. En ese sentido, puede ser. Lo que sí nos planteamos es el origen, qué ha sucedido para que ahora tengamos estos alimentos en la mesa. Para comer cerezas, me espero a mayo que es cuando están en su esplendor. Hay que reducir la huella de carbono y preocuparse de dónde vienen los alimentos, quién los ha elaborado y en qué condiciones los han criado en caso de animales. Y ello no tiene por qué ser más caro.

-¿Cuántos socios son en Aragón?¿Qué perfiles tienen?

-En Slow Food Zaragoza estamos cerca de 200. También hay Slow Food Huesca y se está formando en Teruel. Lo mejor es que cada uno es de su padre y de su madre. Tenemos distintas profesiones y hasta una sección juvenil, que es maravilloso que empiecen a estar implicados. La cuota es muy asequible y tiene algunas ventajas a la hora de realizar talleres, degustaciones y excursiones. No solo es comprar y comer, sino intercambiar conocimientos, recetas y recuperar una forma de vida sin prisas. Hay que huir de los lineales de los supermercados, donde compras por inercia. Aunque el aspecto sea feo, el producto está muy rico.

-¿Se está perdiendo la dieta mediterránea?

-Al final, lo que vale, vuelve. Nos habíamos quedado un poco deslumbrados con las comidas de otros países, pero aquí tenemos gran variedad de, por ejemplo, legumbres. Después, hacer turismo gastronómico es genial. Los sabores se aprenden desde pequeños y es conveniente ampliar ese horizonte infantil y probar muchas cosas.

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