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Mi sobrino Roberto tiene treinta y tantos. Lo hemos medio criao a base de consejos equivocados. Con él y con parte de su cuadrilla creemos que se acaba la canción popular y aragonesa en el pueblo. Nadie canta en las peñas, todo suena antiguo, todo se envuelve en otras banderas y en otros ritmos que afogan los sentimientos de anteayer. A mi sobrino le encantaba Carbonell. Hacía hasta versiones futboleras con nuestros equipos de la liga de verano. El otro día me echó la bronca. No le saqué entrada para el homenaje y se quedó sin ir.

A Carbonell lo conocí en el periódico. Siempre guardaba hueco en su sección cuando preparábamos libros y organizábamos actos por la Tierra Baja. Gracias a mi amigo David Giménez pude compartir algunos ratos con él. Vino a presentar El Artista a Híjar y allí contactamos con gente de La Puebla en lo que acabaría siendo un pregón semanasantero que nos marcó. También vino a la presentación de mi libro a Zaragoza, la última vez que lo vi. En el bar del David y del Gran Bob siempre sonreía con aire somardón. Allí, en Vinos Chueca, asistimos a la presentación mundial de lo que fue su último proyecto musical.

Carbo siempre preguntaba por lo que íbamos haciendo los más jóvenes mientras nos hacíamos viejos. A través de David sabíamos de sus andanzas y nos reímos disfrutando de esa banda única que eran Los 3 Norteamericanos. Un día llamó el David y nos contó que Carbonell estaba bien jodido.

Luego se fue y, con él, otro referente de ese territorio que tampoco le gusta nombrar a mi hermano Saldaña.

Y yo, que escuchaba las canciones el día del homenaje desde la penúltima fila, lloraba no sé bien por qué o por tantas cosas que sí sé. Porque los poetas de cien kilos y cara de malas pulgas nos guardamos mucho de llorar cuando nos ven.

Volveré a oir el monte eterno de las canciones que me llenan y me emocionan, mientras contesto de bislai cuando algunos de mis alumnos me insisten en que nada de lo que les digo sirve para nada. Ni siquiera las canciones, las historias o la poesía.