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Revolvedores de historias

Víctor Guíu

La derecha nacionalista, ágrafa y rojigualda, tiene orgasmos exaltados cuando rememora sus mitos y creencias bajo la sombra de la cruz; que como el resto de los nacionalismos, no dejan de ser historias edulcoradas al gusto. La izquierda analfabeta, por su parte, sujeta a las bajas pasiones de las modas, se abraza fuerte a cualquier payasada a la que dichas modas apelliden de progresista.

Los descendientes de los Cortés, de los López o de los Obrador, son los mismos que gustan ahora de tirar estatuas porque es más fácil echar la culpa a otro que, después de 2 siglos de independencia, asumir las corresponsabilidades propias.

Ahora el perdón está ardiendo en el candelero. La gente normal y corriente debe cargar con la historia, sus muertos, sus pitos o aplausos. Poco perdón quiero pedir yo de situaciones y actuaciones donde nunca estuve, donde, quizás, ninguno de mis antepasados estuvo. Poco tiene que ver mi postura con la de mi padre o la de mi abuelo. Y menos aún con aquellas generaciones de las que no tengo ni noticia ni recuerdo. Existe cierta parte de la política española globalimbecilizada que parece sentirse cómoda en esa autoflagelación: ¿Por qué? ¿A quién? ¿Cuándo?

Esos hijos de los Cortés, de los Aguirre, de los Díaz... son los descendientes de las conquistas, de las haciendas, de la llevada de la gripe, de la explotación de los indios. Pero también del mestizaje y de la creación de países y culturas que no existían. Natural. Como siempre en la historia.

Esos países fueron fundados por criollos españoles, sobre el solar de las antiguas administraciones de las colonias de ultramar. Incluso las fueron dividiendo al gusto de las élites, las mismas que continuaron dos siglos pensando en la inferioridad de los indígenas.

Así que, sujetándose el cubata, qué mejor que echar la culpa a la antigua "madre patria" que reconocer los errores propios. Añadan mitos, historias y creencias y redescubran la historia con su libro de "elige su propia aventura", salpimentado, por supuesto, con consideraciones morales modernas para épocas pasadas. Qué cansino es todo. Virgencica, que me quede como estoy.