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Godos, visigodos y otros bárbaros del montón Godos, visigodos y otros bárbaros del montón

Godos, visigodos y otros bárbaros del montón

Javier Sanz

Lo de justo o injusto siempre ha sido relativo, pero creo nadie se extrañará si digo que la historia, o los que las escribieron, han sido tremendamente injustos con los godos en general y nuestros visigodos en particular. Y me explico. Hace un par de años, una empresa especializada en microcréditos rápidos online lanzó una campaña publicitaria en la que se hacía esta pregunta: “¿Sabes qué tienen en común los Reyes Godos con la .piiiiii (la susodicha empresa)?” Y la voz en off respondía: “Que ambos tienen cero interés”. Y aunque sea injusto, que lo es, es lo que cree la mayoría de la gente, porque lo primero que nos viene a la cabeza cuando se habla de los godos es la famosa lista que muchos tuvieron que memorizar en sus tiempos de estudiantes, y a la que yo mismo  demonicé hace unos años con el título de mi primer libro “Nunca me aprendí la lista de los Reyes Godos”. Pero no lo hice para echar más leña al fuego de su mala reputación, sino para desterrar aquella imagen de la historia rancia y caduca que se contaba en los colegios, y cuyo estandarte y emblema era la tediosa lista, que, además, hizo que mucha gente dejase de lado la historia. Y no queda aquí la cosa, la Real Academia Española (la RAE para los amigos) nos brinda algunas lindezas semánticas de estos pueblos germánicos.

Según el Diccionario de la RAE, además de perteneciente o relativo a estos pueblos, define el término “godo” como español peninsular (utilizado en Canarias) y como natural de España en algunos países de Latinoamérica. Eso sí, utilizado de forma despectiva. En Canarias comenzó a usarse godo con menosprecio en el siglo XIX, para señalar a los naturales de la Península que se las daban de nobles, a los que los canarios veían como prepotentes. Hacerse el godo era darse importancia. Y en Chile, Colombia y Uruguay, durante el proceso de independencia, también se llamó así a los españoles de forma peyorativa. Igualmente, el adjetivo “gótico” también se define como perteneciente o relativo a los pueblos godos, pero desde el siglo XVI comenzó a utilizarse para referirse a la arquitectura anterior al Renacimiento, propia de la Edad Media, en contraposición con la perfección y racionalidad del arte clásico. El concepto de gótico fue evolucionando con el tiempo pasando a asociarse con lo morboso y lo siniestro. Y de ahí esa subcultura gótica vinculada a la ropa y el esmalte de uñas negro, el maquillaje tipo geisha, la narrativa siniestra, las películas de terror y la música que te transporta el lado oscuro.

También tenemos el término “bárbaro” que, en su primera acepción, dice la RAE “perteneciente a los pueblos que desde el siglo V invadieron el Impero romano y se fueron extendiendo por la mayor parte de Europa”, y en posteriores acepciones lo hace sinónimo  de fiero, cruel, temerario, inculto, grosero, tosco... y todo lo que queráis añadir.  Entonces, ¿cómo se llegó a esta relación? En origen, la palabra “bárbaro” procede del griego y significa “extranjero”, y se utilizaba para designar a cualquier persona de fuera del territorio heleno. A los ciudadanos de otras polis distintas a la propia les llamaban xenos (de ahí viene xenofobia). Aunque cada ciudad de Grecia era un Estado independiente, el hecho de  compartir una cultura, una religión y una lengua, les daba una identidad común frente a los pueblos extranjeros, especialmente frente a los persas. Estos mismos persas son, de forma inconsciente, los creadores de la palabra “bárbaro”. La lengua persa se caracterizaba por el uso, casi abusivo, de la letra “–a”, por lo que cuando ellos hablaban ,los griegos entendían “barbar-“. Por lo tanto, “bárbaro” es una onomatopeya de la lengua de los persas. Ya en época romana, el pueblo latino, que en principio fue tenido como “bárbaro” para los helenos, dejó de serlo cuando tomaron y adaptaron la cultura griega. A su vez, ellos usaron este término para los pueblos que fueron conquistando y para los que vivían más allá de sus fronteras. Por eso, los pueblos germanos del norte que entraron en el imperio romano tenían este apelativo. Y si a esto añadimos que no solo entraron, sino que conquistaron el territorio romano de Occidente en un visto y no visto, tenemos la explicación de que el significado de “cruel, violento” fuese ganando terreno en detrimento de “extranjero” hasta que este último significado desapareció.

Y de esta forma, además de la evolución del término “bárbaro”, tenemos la creación de otro sambenito histórico: el que culpa de la caída del Imperio romano de Occidente directamente a las incursiones o migraciones masivas de los pueblos germánicos. Y nos quedamos tan anchos, cuando los bárbaros lo único que hicieron fue rematar la faena. Las instituciones romanas que en el pasado organizaron aquel vasto territorio quedaron vacías de poder, y las victoriosas legiones ya no eran más que un batiburrillo de mercenarios o buscavidas sin orden ni cohesión, y que además se permitían poner y deponer emperadores a su antojo. Emperadores que, por cierto, a cual más nefasto, solo se preocupaban por asegurarse el saneamiento de sus cuentas personales y hacer lo que fuese por seguir ocupando el trono un día más. Lo de ocuparse del pueblo, eso ya era cuestión del pasado. Aquel gigante con pies de barro se vino abajo y los godos recogieron sus restos para tratar de emular su esplendor.

Es normal que te difamen si los que escribieron tu historia, porque los godos no eran de escribir mucho, fueron los que perdieron su posición de privilegio.