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Principio de incertidumbre Principio de incertidumbre

Principio de incertidumbre

Mario Hinojosa

Como un antígeno inoculado contra el bochorno, avanzaba por la superficie del verano con la decisión de un robot, sin miedo a que se derritiesen los relojes y empezase el lento e invariable proceso cuántico de la soledad.

De nada le sirvió el aterrizaje forzoso en un espacio anfibio con anémicas acumulaciones de agua, ni la Balsa del Pinar antes de llegar a Rubiales, ni la Laguna de Bezas suspendida sobre la tierra húmeda como una deslumbrante epifanía de Sebastião Salgado. Todo era nuevo a sus ojos, como la primera vez, y la carretera que se retorcía como una víbora hocicuda indicaba dirección a Tormón, y en ese momento recordó a su abuelo con sus hipérboles de azucarillo compactado que se sumergían en la leche y por capilaridad colonizaban esos átomos de esferas brillantes que iban despareciendo como esquivos pasajeros de un tiempo que no volvería.

Con la única compañía de Ludovico Einaudi en el teléfono, como un suerte de telón de fondo, de lluvia que no moja pero cala gota a gota, se internó en una pista forestal hacia dentro del bosque, o lo que es lo mismo, hacia dentro de sí mismo, y entre baches de piedras filosas y raíces tentaculares pudo contemplar aquella exhibición de la naturaleza, un impresionante desafío a los límites de la perfección.

Y después de un horror vacui de acículas y más acículas, se abrió el campo de visión, un asombroso mundo dentro de otro mundo, un elenco de rocas relucientes y rojizas que se acumulaban en bloques imposibles de explicar para la gravedad, redondeados como los enormes huevos prehistóricos de García Márquez pero con un tono carmesí que encendía la mirada.

Aparcó el coche y lo abandonó. El Valle de Ligros apareció ante él como una caja de resonancia, como una acumulación pétrea y vegetal que aturde y subyuga, un tapiz de hierba reluciente, de un verde intenso, y una superposición de bloques de roca arenisca que con el sol le hacían pensar que solo Pisarro podría plasmar lo que él contemplaba en ese instante, y una vieja masía y un modesto refugio que como un ágora invitaba a la reflexión, a compartir y disfrutar de ese sitio, de ese lugar, como si no existiera nada más.

Y en el crujido de sus pisadas le asaltaban las huellas de jabalís y de corzos, y entre los arbustos un colosal y minimalista nido de arañas tigre, que con su agilidad felina y su cromatismo impactante tejían las fisuras de los siglos. Y entre acebos y troncos de pinos contorsionistas, oculto como un último reducto, como un último tesoro que guarda celosamente la montaña, aparecía el Campamento Maqui del Rodeno, y allí de todas partes le llegaron voces de otro tiempo, un monumento simbólico a hombres que se refugiaron esperando cambiar la historia, algo que nunca llegó, y no renunciaron a diseñar un santuario de la didáctica y de la formación, a la intemperie, sin esperar nada a cambio.

Hoy sus restos aún hacen vibrar las emociones que como vectores inconexos de una realidad modulada por un ejercicio narrativo de recuperación de las cosas invisibles vuelven a los ojos y a la piel del que respira allí. Sale embriagado, y emprende una alocada huida por angostos pasadizos que lo asfixian y lo reconcilian consigo mismo y lo conducen a un mirador, en ese punto, una intensa ola lo invade, le asalta una cosmovisión, y piensa en Heisenberg, y en la imposibilidad de las certezas, y en el remoto día en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

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