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Ana I. Gracia

Lo que peor lleva mi amigo Juan cuando viene del pueblo a verme a Madrid es que nadie dé los buenos días cuando nos montamos en el metro. “Yo no le niego el saludo ni al que me levantó la novia. Esto no es educación ni es nada”. A mí siempre me entra la risa porque nunca nos ponemos de acuerdo en este debate: yo prefiero el anonimato que te brinda vivir en una gran ciudad y a él no le importa que todo el pueblo sepa dónde anda cada tarde, cuando sale de trabajar.

Solemos guasapear a diario, pero Juan descolgó el teléfono el día que escuchó en la radio que el Gobierno quiere sacar de Madrid instituciones del Estado para “desconcentrar” la capital y llenar de vida las zonas más despobladas.

“A ver cuántos funcionarios quieren ahora venirse a vivir a una provincia como la nuestra”, me soltó, con sorna, porque yo siempre defendí a los que emigraban a la ciudad por falta de oportunidades laborales.

Antes de colgarle, busqué en la Real Academia de la Lengua el significado del término desconcentrar: repartir entre varios algo que está concentrado en un lugar.

Tiene sentido que el Gobierno se enrede en pensar cómo desconcentrar España si en unos sitios vivimos como sardinas en lata y en otros hay que cerrar las escuelas por falta de niños. Les comparto unos datos: el 90 % de los españoles vive (malvivimos) en el 12 % del territorio; siete de cada diez habitantes se concentra en el 1% de la superficie y uno de cada cuatro españoles vive en Madrid o en Barcelona.

El problema de verdad es que tres de cada cuatro municipios pierden vecinos a cascoporro, incluidas las capitales de las provincias más pequeñas. Y esta es una muerte lenta que ningún país se puede permitir.

En Madrid se han empezado ahora a fijar en lo que han hecho en Berlín, donde se esmeraron en activar la desconcentración administrativa de sus organismos públicos para impulsar económicamente las zonas menos pobladas. Y no les ha ido mal.

Para que no cunda el pánico y nadie se vea forzado a tener que irse a vivir a un sitio que no quiere, el Gobierno español habla de que serán los que trabajen en organismos de nueva creación los que se irán a trabajar fuera de Madrid. Los Presupuestos de 2022 reservan un puñado de millones para este cometido: habrá que ver en qué queda al final.

Mi amigo Juan, que sabe mucho de esto, se me queja de los presidentes autonómicos que ya hablan de que ellos ponen sus regiones al servicio del Estado para acoger instituciones y vecinos nuevos.

“Si ni siquiera ellos mismos han sido capaces de desconcentrar las instituciones de las autonomías a otras provincias o comarcas. ¿Qué pasa en Aragón? ¡Mira cómo tratan a Zaragoza y mira cómo vivimos el resto! Hay que centrarse más en vez de hablar tanto de desconcentrarse”, me dice, con una mezcla de amargura y resignación.

No le falta razón. La desconcentración de poder de Madrid bien hecha puede ser la palanca política fundamental que España necesita para avanzar en una redistribución más justa y poder disponer de un Estado más eficiente que vertebre todo el territorio.

Porque no es justo que aquí, en la provincia de Teruel, en el 20 % de las carreteras no haya ni una raya de cobertura en el móvil. Como para que te pille una urgencia allí.

Llámenme escéptica o incrédula, pero no creo que la despoblación se resuelva levantando una empresa pública en el Maestrazgo. Ojalá que con el paso del tiempo me zampe mis  palabras y hablemos aquí, en este espacio que he bautizado como Kilómetro Cero, sobre un mundo rural lleno de oportunidades.

Porque esta ventana a la que me asomo a partir de hoy para charrar con ustedes irá un poco de eso: de desconcentrar; de compartir cosas de aquí, de la gran urbe, pero también cosas de allí, del pueblo: recuerdos, polémicas, alegrías, injusticias. ¿Me acompañan?

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