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Elena Gómez

Vuelvo a tener la mosca detrás de la oreja. Es una sensación muy desagradable y cuando aparece, me cuesta pensar en otras cosas. Estamos en una época que me gusta ya que, aunque reconozco que estamos idiotizados por el bombardeo comercial, me hace mucha ilusión dedicar un poco más de tiempo a hacer felices a los que me importan. Disfruto con las compras navideñas, la elaboración de los menús, los reencuentros (aunque sea fugaces), la decoración del árbol y mi belén de Playmobil, y todo lo que rodea a esta fiesta que, en mi opinión, va más allá de lo religioso.

Y claro, este año parecía pintar todo maravilloso. Después de una Navidad del pasado en soledad, nos parecía que la Navidad del presente sería espectacular porque todos, incluidos los cascarrabias de turno, podríamos regocijarnos con las tradiciones perdidas, sin restricciones y sin miedo. Pero nada más lejos, nos hemos precipitado y a quince días de las fechas más importantes no tenemos muy claro quién se va a sentar a nuestra mesa.

El mosqueo me viene porque, una vez más, los responsables de nuestra seguridad vuelven a contradecirse a cada paso. Nos dicen que esta nueva variante tan contagiosa no es grave, incluso que puede beneficiar a la inmunidad de grupo. Sin embargo, volvemos a ver vuelos cancelados, estados de emergencia y calamidad, presión sanitaria y restricciones a la movilidad. Por un lado, toda la parafernalia logística y publicitaria nos invita a pensar que, por fin, esta Navidad será como las anteriores a 2020 y se permite que las calles comerciales se llenen de aglomeraciones, escaparates y luces. Por otro, no dejamos de escuchar a virólogos y responsables sanitarios que tengamos prudencia, que no celebremos reuniones de empresa y que invitemos a poca familia en casa. Y encima, nos invitan a pensar que la mascarilla se va a quedar con nosotros por mucho tiempo pero suben los impuestos a su consumo.

Cuando todo esto empezó, yo no veía nada más que contradicciones y aquellos que no tenían miedo, me parecían unos incautos. Ahora ya sabemos lo que hay, nos toca buscar el equilibrio entre la vida y la prudencia. Espero que todos lo encontremos para que la Navidad del futuro sea realmente la buena.

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