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Javier Lizaga

Comenzará en Barracas pero no me siento en Valencia hasta que la carretera pasa de cuatro carriles a tres, a cuatro otra vez y cuando aun no sabes donde andas ya hay un pavo adelantándote que le retiemblan las chapas del cencerro. Hacía tanto que hasta lo echábamos de menos, allí hemos estrenado la libertad condicional. En una ciudad que cuando bajas del coche no dices “buenas” si no un “joder, vaya calor tienen estos cabrones” y dos o tres reflexiones sobre la despoblación. 
Realmente fue lo mismo que debió pensar el abuelo de Marco Junio Bruto (el que se cepilló a Julio Cesar) cuando llegó allí  tras arrasar Lusitania y premió a las tropas por su honor y “valentia”, y dejó claro que la juerga y la especulación inmobiliaria llegaron antes al Levante que Jesucristo al mundo. Por allí han pasado romanos, íberos, visigodos, judíos, musulmanes y ha sido destruida varias veces así que tampoco hay que alarmarse por el aumento de guiris por el centro. Esta vez he de confesar que no pasé por Colón. Si critico los botellones, tampoco quiero participar en orgías capitalistas.
Me fui directo a la playa de la Patacona, enseguida se nota que se está en una ciudad grande, por los servicios: gorrillas (te joden dos veces las perras por aparcar) y vendedores ilegales de cerveza (su servicio hacen y te dicen “jefe”). 
La playa estaba a media asta. Ya saben, cuatro fotos de los pies para enviar a los colegas y poco más. Luego, la parte romántica, la de mirar al horizonte, pensar, dejarse ir, y ver, sobre todo, mucho “mazao depilao” (neologismo) y señoritas de pechos recauchutados. Para mí es como respirar el aire fresco de la Fuentecerrada. 
Blasco Ibáñez lo puso en corto: “Arroz y Tartana”, aunque la copla sigue “casaca a la moda i rode la bola a la valenciana”, que viene a ser “arroz y buen coche, vestir a la moda y que continúe la mentira”. Entiendo que iba por otro lado pero la frase sería aplicable a lo que yo llamo “paella de instagram”, muy buena solo para la foto. 
Yo me tomé una mejor que para eso estudié (acepto matices) y bregué allí unos años contra el trasvase y el Piojo López. En cualquier caso, todo esto lo digo desde el cariño y las ganas que teníamos de volver el lunes diciendo: “vaya calorina y vaya atasco”, y pensando: “Che que bo”.