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Javier Lizaga

Llevo días mascando una frase que exhibe uno de los mendigos a quien doy los buenos días, ora en el viaducto ora en el tozal: “Sonríe, siempre hay alguien que está peor que tú”. Hay autores que han tardado libros enteros en refutar el imperativo categórico (obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda servir como principio de una legislación general). Esto es, el típico no desees para el otro lo que no quieres para ti. Un conciso “todos ciegos, mientras yo sea el tuerto” sirve para darle carpetazo a Immanuel Kant.

La frase sólo es un ejemplo. “Ya verás cuando sean adolescentes ya”, “ya verás cuando llegues a los …”, “ya verás cuando empecéis la obra... Hay un argumento social basado en meter miedo, mezclado con dar pena. Te auguran un futuro negro, te prohíben la queja e imponen que estes contento. Ya sabéis la frase.

Si no aciertan los del Aemet, como para vaticinios. A los estoicos no les importaba la muerte porque no había llegado aun y cuando llegara ¿para qué preocuparse? El presente, lo dice Julieta Benegas, es lo único que hay.

La ética se completa con el factor “casoplón”. Mercè Oliva pone de ejemplo el revuelo con la garita de Pablo Iglesias e Irene Montero.

Esas mansiones encarnan el deseo del privilegio en el que se basa el capitalismo, entre el ganador y la sospecha o la indignación. En esa lógica de alégrate que otro está jodido, te aseguras la felicidad si haces al otro un desgraciado, con una dosis de envidia.

Más que de principios generales (como planteaba Kant), estamos hechos a partir de asumir nuestro mayor fracaso (la muerte), un comienzo que defendía Heidegger. ¿Cuándo prestigiaremos el fracaso? Azahara Alonso la filósofa que se fue a una isla a hacer nada (lo cuenta en “Gozo”) sitúa en la infancia ese momento en que sentimos no perder el tiempo sino disfrutarlo.

Sonríe y no estes tan pendiente de los demás y lo que hagan, ese sí sería un buen imperativo.